“Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte” (Papa León XIV, Homilía en la Misa Crismal del año 2026)

Por: Pbro. Pablo Andrés Palacio Montoya, rector del Seminario Conciliar de Medellín.

Acabamos de celebrar la ascensión de Jesús, momento en el que concluye la misión terrena de Cristo y comienza “el tiempo de la Iglesia”, la cual prolonga la obra del Maestro en la instauración del Reino de Dios: Jesús sigue vivo y presente en medio de la historia y del mundo, pero a través de sus discípulos, quienes deben hacer todo el esfuerzo posible para mostrar que Él nos ha abierto las puertas del cielo; es por esto que la pasividad y la negligencia no tienen razón de ser: “¿por qué permanecen mirando al cielo?” preguntan los hombres vestidos de blanco a los apóstoles (Hch 1,11).

A la luz del Evangelio propio de la Ascensión para el ciclo A (Mt 28, 16-20), quisiera proponer dos elementos de reflexión, con base en las palabras resaltadas en el párrafo anterior:

  1. La instauración del Reino de Dios exige la conversión relacional

El capítulo 28 de Mateo puede ser leído desde la perspectiva de las relaciones: el ángel del Señor anuncia la resurrección a las mujeres y las hace apóstoles de los apóstoles; luego, Jesús mismo sale a su encuentro confirmando el envío y, finalmente, se encuentra con los Once en Galilea. Se trata de relaciones que generan alegría y esperanza, al punto que el Resucitado llama “hermanos” a quienes lo habían dejado solo en la cruz (v. 10), les asigna a su vez una misión y les promete estar con ellos día tras día hasta el fin del mundo (v. 20b).

Notemos, sin embargo, que, entre el envío de Jesús a las mujeres y el encuentro con los Once, hay una escena de relaciones corruptas: los sumos sacerdotes sobornan a los guardias para que mientan sobre lo ocurrido (vv. 11 – 15); se evidencia así un tipo de relación instrumentalizada, mediada por el abuso de autoridad y el afán de dinero.

La instauración del Reino de Dios implica para los creyentes, tal como el Documento final del Sínodo de la sinodalidad (DFS) enseña, el compromiso por generar relaciones renovadas por la gracia y la hospitalidad, cada vez más auténticas y significativas; de ahí que “ser Iglesia Sinodal exige, pues, una verdadera conversión relacional” (nro. 50) en donde cada uno renuncia a la pretensión de ser el centro y es capaz de abrirse a acoger nuevas perspectivas (nro. 42). Es por esto que el bautismo del que habla Jesús es en nombre de la Trinidad (v. 19), ya que los discípulos han de aprender a dar sentido a su vida con base en aquello que viven las tres divinas personas: relaciones armónicas aun en la diversidad.

Así pues, estamos llamados a vivir relaciones que se hagan tangibles en el encuentro con el hermano, relaciones que asignen un envío en la “corresponsabilidad diferenciada de todos para la misión” (DFS, nro. 26), relaciones en las que se prometa una presencia continua y fiel (v. 20b). Cualquier tipo de relación en la que domine la mentira, el engaño o la corrupción debe ser inmediatamente rechazada, pues no corresponde a “aquello que Jesús nos ha mandado” (v. 20a).

  1. La tarea esencial de la Iglesia es formar discípulos de Jesús

Los Once han regresado a Galilea, lugar donde fueron llamados por el Maestro: desde allí el Resucitado les permitirá releer su vida entera y la oportunidad que Él mismo les concede para ser nuevas personas. Centremos nuestra atención en los vv. 19 – 20:

Tres son las acciones que deben realizar los seguidores de Jesús: 1) hacer discípulos, 2) bautizar y 3) enseñar; el orden en que son presentadas da una primera indicación, aspecto que viene ratificado por la construcción gramatical de la oración. Quien tenga curiosidad académica al respecto, puede leer el párrafo siguiente; de lo contrario, omita esta argumentación y continúe la lectura un poco más adelante:

De los tres verbos, el que rige la proposición es “mathēteuō” (hacer discípulos), ya que está en imperativo aoristo; los otros dos verbos: “baptízō” (bautizar) y “didáskō” (enseñar), estando conjugados en participio presente, se sobreentienden subordinados a la acción principal, determinada por el verbo inicial.

Así pues, la primera acción de todo evangelizador, aquello en lo que debe emplear todas sus energías es “Hacer Discípulos”, luego de lo cual y en medio de lo cual se pasa a la celebración y a la catequesis, medios para profundizar la experiencia de seguimiento del Maestro.

En este orden de ideas, lo trascendental en la misión eclesial es propiciar y permitir que todas las personas tengan un encuentro vivo y personal con Cristo, de modo que hagan de Él lo absoluto y normativo en sus vidas, experiencia que luego es alimentada por medio de los sacramentos y la enseñanza doctrinal; esto es lo que quiso Jesús y esto es lo que hacían los primeros cristianos.

Tal vez en ocasiones nos dedicamos simplemente a celebrar y catequizar (lo cual obviamente es importante), sin preocuparnos por el discipulado de quienes se benefician de dichas acciones; la consecuencia de construir sin cimientos es, entonces, evidente: no todos los que participan en la Eucaristía ni todos los que asisten a la catequesis presacramental se comprometen en la fe y sólo pocos logran hacerlo.

Esto no solo debería preocuparnos, sino ante todo motivarnos a escuchar la invitación de Jesús al inicio del v. 19: ¡vayan! ¿Qué hacemos mirando al cielo? Es necesario movernos, ponernos en camino o, como enseñaba el Papa Francisco: “todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (Evangelii Guadium, nro. 20).

El compromiso es mayor si se nota que Jesús pide que la misión se dirija a todas las naciones: Aquel que tiene todo poder, nos envía a todo lugar y persona posible para enseñarles a guardar todo lo que Él ha mandado, con la esperanza de saber que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

¡Ánimo! Los discípulos de Jesús estamos llamados a ser fermento de un mundo nuevo en el que las relaciones nuevas, al estilo de la Santísima Trinidad, permitan que el Reino de Dios sea vida entre los hombres y el perfume de Cristo se difunda donde reina el olor de la muerte.

El cielo ha comenzado,
vosotros sois mi cosecha.
El Padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora,
salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora,
comienza vuestra tarea. Amén.

(Liturgia de las Horas, himno de las primeras vísperas de la Ascensión).