Por: Juan Diego Giraldo Aristizábal, PSS, Rector Seminario Mayor Regional María Madre de la Iglesia (Campo Grande-MS / Brasil)

Ninguno de nosotros “cayó del cielo” o existe por azar; nuestra vida y existencia tuvieron inicio en el seno de una familia, y en ella crecimos y nos desarrollamos. Ahora bien, toda vida tiene un propósito, somos llamados, tenemos una vocación, es más, “somos una vocación”, y toda vocación surge dentro de un contexto comunitario, familiar (cfr. PDV 37; RF 48).

La vocación es entendida como “un llamado de Dios” (CV 248) que nos ama y nuestra libertad que responde dando una orientación a nuestra vida a partir de lo que somos al servicio de los otros; y en este “ser para los otros” realizar nuestra existencia. Ciertamente, este llamado-respuesta se concreta a través de una vocación particular. Pero antes de optar por una vocación particular es necesario tener conciencia de ser amado, un sólido autoconocimiento y un verdadero sentido del servicio.

Nuestra vocación no surge de forma aislada, y la familia es el primer ambiente donde ésta va madurando, creciendo, clarificando. Así, la familia se torna en “el primer espacio de acompañamiento” (cfr. CV 242), por eso es conocida como el “primer seminario” (OT 2), es decir, como el ambiente primordial donde la semilla de la vocación se siembra, madura, crece y fructifica (PDV 79).

¿Cómo, entonces, la familia puede asumir la tarea de “fomentar la vocación propia de cada uno? (cfr. LG 11). Nos referiremos a la vocación en general.

  1. La experiencia del amor: la existencia humana cobra sentido en la medida en que somos amados, y este amor se manifiesta en actos concretos contribuyendo para una madurez humana integral. Quien no conoce el amor, posiblemente no conoce el sentido de su existencia, no se comprende como parte de un proyecto, y puede vivir desde la casualidad (¡existo porque sí!). ¿Qué expresiones concretas del amor vivimos al interior y en lo cotidiano de nuestra familia? Toda vocación brota del amor.
  2. Relaciones sanas y realistas: la identidad personal se aclara a través de las relaciones, del contacto concreto y directo con los otros. La familia es un espacio privilegiado de relaciones. En ella aprendemos el sentido de la presencia del otro, el cuidado por el otro, la acogida y la escucha. Pero también aprendemos a relacionarnos con lo diferente, a resolver conflictos. ¿Cómo nos relacionamos en familia, cómo nos estamos cuidando, escuchando? ¿Qué caminos asumimos para resolver los pequeños conflictos? La vocación cobra sentido con el otro, nunca sin él.
  3. Ser verdadero: cuando la familia es un ambiente seguro, en el que nos sentimos amados, valorados y escuchados, no necesitamos usar máscaras, nos mostramos como somos, permitiendo ser conocido, con mis riquezas, valores y luces, con mis sombras, límites y retos. Este ambiente permite desarrollar el autoconocimiento y la autoestima, reconocer quién soy, con qué realidades personales cuento para proyectarme personalmente a los otros. ¿Nos conocemos realmente en nuestras familias? ¿Sabemos expresar al otro la belleza que hay en él, sus valores, cualidades, potencialidades; estimulamos positivamente sus capacidades y virtudes? ¿Nos acompañamos y sostenemos en los momentos de frustración; somos capaces de corregir sin agredir? Sin conocimiento proprio no se puede tener un proyecto sólido o un propósito de servicio.
  4. El don de sí mismo: la vocación no se entiende como un proyecto egoísta, de hecho, “la vocación se concluye con el don sincero de sí” (PDV 37). La expresión de la auténtica madurez vocacional es el “ser para los otros”, que solo es posible en quien conoce su propio valor y descubre la riqueza que puede ofrecer a los otros. Una vida que no se dona se debilita, se empobrece y se desgasta. Curiosamente, en cuanto más uno se entrega, más crece. Y es en la familia donde aprendemos, a través de pequeños gestos y actos de servicio, el sentido de la donación y entrega. No podemos caer en la tentación de pensar que estamos violentando al otro cuando pedimos algo que requiere de su esfuerzo personal o de su creatividad; más bien lo estamos incentivando a creer en lo bello que puede ofrecer haciendo el bien. ¿Incentivamos en la cotidianidad de nuestras familias la experiencia de pequeños servicios, de ayuda mutua; valoramos como un don lo que el otro hace por nosotros? Sin don de sí, no hay fecundidad.
  5. El Amor que nos llama: toda vocación es un misterio de amor. La experiencia de Dios-Amor se hace posible en el seno de la familia, “sacramento del amor de Dios”, que se manifiesta en las relaciones respetuosas y verdaderas, en la acogida sincera y en el servicio alegre. La belleza de la vocación está en saber que mi historia está en el corazón de Dios, que mi existencia no se reduce a lo meramente medible, sino que está escondida en el proyecto amoroso de Dios (me llama porque me ama). ¿Cómo cultivamos en nuestra familia la relación con Dios que nos ayuda a comprender la vocación como un acto de amor? ¿Rezamos pidiendo el don del discernimiento de nuestra vocación? Dios-Amor es la fuente de toda vocación.

Así pues, la familia es “cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su crecimiento y desarrollo” (PDV 79).

“Una vocación nunca surge sin un ambiente adecuado, y a menudo necesita un hogar, padres que rezan y que saben dejar ir” León XIV (03.09.26)

Referencias:

LG: Lumen Gentium

OT: Optatam Totius

PDV: Pastores Dabo Vobis

CV: Christus Vivit

RF: Ratio Fundamentalis