Por: Mons. Juan Carlos Cárdenas Toro, Obispo de Pasto
Este fue el mandato que Jesús Resucitado dio a sus discípulos antes de subir al cielo. El mundo entero significó para los primeros cristianos lo conocido hasta el momento: las tierras de judea, el Asia Menor, Grecia y finalmente, Roma, que representaba “conquistar para el Reino” el corazón del imperio.
Esta concepción se fue haciendo cada vez más amplia, a medida que los medios de transporte permitieron a la humanidad viajar más lejos y así nuevas civilizaciones fueron acogiendo el mensaje del Señor: India, Asia y el Continente Americano.
Pero hoy estas fronteras ya no son necesariamente geográficas. El Papa Francisco nos recordó que existen “nuevas fronteras”, y estas también pueden ser existenciales (Cf. EG, 20; Bula Misericordiae Vultus, 15). Esto significa, cualquier espacio donde los seres humanos habitan, tejen relaciones, trabajan.
Ya desde el Papa san Juan Pablo II, con la irrupción de la internet, se comenzó a hablar del “nuevo foro para la proclamación del Evangelio” (Cf. Mensaje 36° Jornada de las Comunicaciones 2002) y Benedicto XVI, del “continente digital” (Cf. Mensaje 43° Jornada de las Comunicaciones 2009) y también a plantearse la necesidad de habitarlo con el testimonio del Evangelio. Ahora ya no hablamos de un continente sino de un mundo con la multiformidad de lenguajes, culturas y personalidades que están llevando su existencia en este amplísimo campo (Cf. Dicasterio para las comunicaciones, Hacia una plena presencia, mayo 28 de 2023). Y no podemos menos que preguntarnos cómo ser también anunciadores de la Buena Noticia en ese mundo. Porque allí no solo hay datos, videos o fotos. Allí, detrás de todo esto, están personas, que entre tristezas y alegrías, búsquedas y confusiones, son amados por Dios y a ellos quiere el Señor hacerles conocer cuán importantes son para Él. Y para ello nosotros podemos ser sus instrumentos.
El mundo digital no es frío. Allí también hay corazón y hay esperanza de millones de seres humanos. No hay que tener miedo a “echar las redes” en ese profundísimo mar del mundo digital. Siempre en el nombre del Señor (Cf. Lc 5,4-5) y no buscando protagonismos personales.
¿Cómo hacerlo? Primero, asumiendo que Jesús a todos nos ha enviado y, por tanto, en cuanto bautizados todos somos enviados (misioneros). Responder al llamado, siempre desde la fe y en el nombre del Señor. Segundo, confiando más en Él que en nuestras habilidades. Y desde esta perspectiva, antes que herramientas tecnológicas, y toda clase de aparatos, lo que requerimos es la voluntad de servir al Señor, también en ese mundo digital. Tercero, investigar un poco. Hoy existen muchísimas opciones (Catholic.net; el Cebitepal, en el Celam; la Unicatólica del Norte, etc.), para aprender los cómo: metodologías, lenguajes, estrategias, que al fin de cuentas no son tan complejas, para realizar esa misión. Cuarto, identificar, dentro de lo que hay en el mundo digital, qué no se está haciendo y apuntar justamente a ello. No se trata de repetir o imitar lo que otros hacen sino de colmar con el gozo del Evangelio y la sabiduría de la Iglesia en su Magisterio, aquellos vacíos que aun pueda haber en el mundo digital. Y por último, arrancar, con lo que se tenga, con el celular y un micrófono sencillo, hoy se pueden hacer cosas muy buenas.
El resto, el Espíritu Santo y la cooperación del misionero, lo irán construyendo en el camino, con una profunda comunión a la Iglesia, por medio de su párroco y su obispo. En este sentido, pedir si no existiera, que se tenga un área de evangelización digital en la diócesis que pueda ofrecer orientación y acompañamiento.
Por último, recordemos que quienes están en el mundo digital, también habitan familias, campos y ciudades, y en este sentido, seguramente que se encuentran en el territorio de una comunidad parroquial. Por lo tanto, no perder de vista que la finalidad última es animar a las personas a pasar de la virtualidad a la presencialidad; pasar de la conexión en las redes digitales al encuentro en comunidades cristianas que se reúnen en la vida parroquial.
Y una ñapa: la Inteligencia Artificial llegó para quedarse. No la humanicemos y tampoco le deleguemos todo lo que podemos hacer con nuestro propio esfuerzo. Como herramienta complementaria puede ser útil, pero no se puede abusar. Confiemos que el Espíritu nos acompaña y nos ayudará a ser creativos y asertivos en la tarea.
No hay que tener miedo, pues el Señor acompaña con su Gracia a sus enviados.

