Por: Pbro. Diego Alberto Uribe Castrillón.

La Pascua que se acerca ha de ser la oportunidad para descubrir la grandeza del amor de Dios revelado en su Hijo, el Señor, el salvador esperado, anunciado y celebrado por la fe.

Los Creyentes hemos de vivir este tiempo cada uno desde su vida y ministerio en la Iglesia. Los Celebrantes como ministros del Sacramento en el que como decía san Pablo: “aguardamos la feliz esperanza” (Tito 2, 13), anunciando en cada momento que nuestra vida ha de ser la imitación perfecta del Buen Pastor que llega a Jerusalén para ofrecerse, para inmolarse, para hacer de su muerte la vida del mundo y hacer de su resurrección la fuente inagotable de la “esperanza en la que fuimos salvados” (Romanos 8,24).

Los Consagrados y Consagradas redescubriendo la gracia de su vocación en la Iglesia, Los bautizados todos como quienes acogen la vida del Señor y su paso por la cruz hacia la gloria como el centro de una fe gozosa, piadosa, generosa en signos de conversión y de compromiso con la evangelización del mundo en el que vivimos. Avancemos, viviendo cada día, haciendo de cada celebración un acto de fe.

DOMINGO DE RAMOS.

Dice la Oración Colecta del este día:

Dios todopoderoso y eterno, que hiciste que nuestro Salvador se encarnase y soportara la cruz para que imitemos su ejemplo de humildad, concédenos, propicio, aprender las enseñanzas de la pasión y participar de la resurrección gloriosa.

Salir al encuentro del que viene a traernos la única paz que nos llena la vida, aprender a compartir el misterio de su Pasión Gloriosa contada hoy por san Lucas, buscando iluminar la experiencia de fe del pueblo que nos ha sido confiado, aprender que el verdadero Reino que Jesús anuncia pasa siempre por el camino de la Cruz.

Es también recobrar la dicha de ser pueblo peregrino que sabe que Jesús no será acogido por muchos que convierte estos días en paisaje, que, incluso en  nuestras mismas comunidades, piensan que al creyente le basta admirar la belleza de los signos, el esplendor de las imágenes pero que nada lo compromete a hacer del Señor su vida y su experiencia de fe.

Esta semana es la semana en la que aprendemos que la gloria se conquista unidos a Jesús.  No seremos los narradores de unos actos externos, seremos todos evangelizadores que dan testimonio del amor de Dios. Con razón se nos dice en las disertaciones de San Andrés de Creta, segunda lectura del Oficio Divino del Domingo de Ramos:

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; … Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel.

que nos ayude la Oración de la Iglesia:

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que nuestro Salvador se anonadase, haciéndose hombre y muriendo en la cruz, para que todos nosotros imitáramos su ejemplo de humildad, concédenos seguir las enseñanzas de su pasión, para que un día participemos en su resurrección gloriosa. Por Cristo, nuestro Señor.

Ferias de Semana Santa.

El cual, siendo inocente, se dignó padecer por los impíos, y ser condenado injustamente en lugar de los malhechores. De esta forma, al morir, borró nuestros delitos, y, al resucitar, logró nuestra salvación. (Prefacio II de la Pasión)

Si la cena de Betania nos recuerda el amor con el que hemos de honrar al Señor, hay que dejar que el corazón se llene “con el aroma del perfume”(Cf. Juan 12,3) de la esperanza, para que sepamos vencer la tentación de cambiar la gloria del Señor por la gloria pasajera, para que nunca “vendamos” la dicha de servir al que nos muestra su amor, al que nos llamó a ser herederos del misterio de su entrega, al que nos pide que en nuestra vida le “preparemos la Cena” en la que nos instituye ministros de su reconciliación, servidores del Banquete de la Fe, dispensadores del perdón, corazones arrepentidos que se dejan purificar, orantes que traducen sus plegarias y sus actos de fe en signos de vida y de compromiso. Hay que convertirse en “sahumadores” que dejan arder en el fuego del amor que distingue la fe de nuestro pueblo la mezcla sublime del perfume de la piedad con la esencia liberadora de la caridad.

JUEVES DE LA CENA DEL SEÑOR.

En la Oración Colecta de la misa Crismal se dice:

Oh Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, concede, propicio, a quienes hiciste partícipes de su consagración, ser testigos de la redención en el mundo (Colecta de la Misa Crismal).

Luego, en el prefacio se proclama la grandeza sacramental de las solemnidades pascuales en las que, Sacerdotes y Fieles activamos la gracia santificante de nuestro Bautismo y nos unimos a Cristo, Sacerdote, como nos lo dirá el Prefacio de la Cena del Señor:

…El cual, verdadero y único sacerdote, al instituir el sacrificio de la eterna alianza se ofreció el primero a ti como víctima de salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica (Prefacio de la Misa de la Cena del Señor)

En la tarde de la Cena de Jesús los Ordenados nos sentimos tan, tan sacerdotes, que no quisiéramos que ese amor tan grande se nos pierda en las cosas de este mundo. Hoy que sabemos por qué y para qué nos llamó el Señor, nada nos aparte de Jesús, de la dicha de ser salvados en ese amor que Dios sembró en nuestra pobreza para gloria de su nombre.

En la Cena del Señor los fieles laicos y los consagrados hemos de saber que Jesús se ha dado por cada uno y por todos para que nunca olvidemos que somos pueblo santo, nación consagrada. Por eso este  Jueves avancemos unidos al que camina hacia su Pasión, que Él no nos deje caer en la tentación de “dormirnos” en la hora de la prueba como los apóstoles en el Huerto de los Olivos, para que abracemos con gozo la Cruz salvadora, redimamos nuestra vida para poder redimir a los que Dios nos confía como compañeros de peregrinación con la gracia de la victoria de Jesús sobre la muerte.

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR.

Al pie de la Cruz en la que Jesús se ofrece, la Iglesia canta con fe en los himnos que se anuncian en la Liturgia de la Muerte del Señor:

En plenitud de vida y de sendero, dio el paso hacia la muerte porque él quiso. Mirad de par en par el paraíso abierto por la fuerza de un Cordero. Vinagre y sed la boca, apenas gime; y al golpe de los clavos y lanza, un mar de sangre fluye, inunda, avanza por tierra, mar y cielo y los redime. ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza con un peso tan dulce en su corteza!

Casi nadie piensa cómo están unidos a la cruz de Cristo, los que Dios llamó al Sagrado Ministerio, cómo el mundo flagela a los que lo dejaron todo. Que, en este día a la sombra de la Cruz, recordemos que la luz de la Pascua nace en el Calvario, que la gracia de ser Pueblo Santo brota del Corazón traspasado del que nos hizo sus mensajeros, que nunca estaremos pastores y rebaño porque en la tarde de su entrega Jesús se despojo de todo, nos dejó el amor de su corazón, nos puso como Madre la que tiene también el corazón traspasado y nos acoge como sus hijos.  Hoy todos entendemos que la cuna de la Iglesia es el Corazón abierto del Señor y que la Piedad del Pueblo quiere ungir a Jesús con la delicada dulzura y la entrañable devoción con la que se acercan al Crucificado los que saben que en esas heridas ha nacido el misterio sublime de la Iglesia.

SABADO SANTO.

El santo silencio nos prepare para poder cantar la Victoria del Cordero que fue inmolado. La Madre Dolorosa nos acompaña a quienes pensábamos que la estábamos consolando. Es Ella la que nos presta su pañuelillo de misericordia para enjugar el dolor de nuestro corazón arrepentido. Pero nos disponemos para vivir la noche se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino, como nos dirá el Pregón Pascual.

PASCUA DEL SEÑOR.

Que bendición saber y comprender lo que dice la Oración sobre las Ofrendas de la Vigilia Pascual:

Rebosantes de gozo pascual, ofrecemos, Señor, este sacrificio en el que tan maravillosamente renace y se alimenta tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.  

Lo nuestro es aprender a renacer, a resucitar con el que ha vencido la muerte. Cada servicio, cada ministerio, cada acción sagrada de esta Semana del Señor nos ratifica en nuestra vocación bautismal, en nuestra vida de fe, en nuestra dignidad sacerdotal, en la grandeza de los dones de los Ordenados, en la belleza espiritual del Pueblo todo de Dios. A cada uno de los hijos de la Iglesia nos quiere restaurados en la grandeza del llamado del que nos quiere para Él, con Él y en Él en la inmensa misión de hacerle saber al mundo que Dios ha triunfado, que su Hijo es el vencedor de la muerte, que las sombras huyen ante el esplendor del Resucitado que, justamente en este día, hizo de nosotros un pueblo liberado de las tinieblas del pecado.

Que esta conclusión de la Cuaresma, esta Semana de Pasión nos lleve a la Pascua, para poder decir: Oh, Dios, que, en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor, que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida.

(Oración colecta del día de Pascua).

La Pascua nos ayude a ser de verdad Pueblo Santo que ha sido redimido en el amor de Dios, a hacer vida la oración actualizada del Misal Romano para el Viernes de Pasión:

Oh, Dios, que en este tiempo otorgas con bondad a tu Iglesia imitar devotamente a santa María en la contemplación de la pasión de Cristo, concédenos, por la intercesión de la Virgen, adherirnos cada día más firmemente a tu Hijo unigénito y llegar finalmente a la plenitud de su gracia. Él, que vive y reina contigo.