Pbro. Sebastián Ángel Saldarriaga. Doctorando en Teología Bíblica Pastoral.
Hay misterios de la fe que nunca terminamos de comprender del todo. Cuanto más los contemplamos, más sentimos que nos sobrepasan. Algo de eso sucede cuando dirigimos la mirada a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Durante años he leído textos bíblicos, he estudiado la teología del corazón en la Sagrada Escritura y he meditado las páginas luminosas de San Juan Eudes; espiritualidad en la que fui formado. Sin embargo, cada vez que vuelvo a este misterio tengo la impresión de encontrarme nuevamente ante una fuente inagotable.
Quizás la razón sea sencilla: cuando hablamos de los Corazones de Jesús y de María estamos hablando, en realidad, del amor. Y el amor de Dios nunca puede encerrarse en una definición. Se contempla, se acoge y se vive. Como afirma San Juan Eudes, “si el corazón representa todo el interior, significa sin embargo principalmente el amor” (Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios, p. 29).
La Sagrada Escritura entera narra la historia de ese amor. Desde las primeras páginas del Génesis hasta la visión final del Apocalipsis, encontramos a un Dios que busca el corazón humano. No busca solamente la obediencia exterior ni el cumplimiento de unas normas. Busca el corazón. Por eso los profetas denunciaron tantas veces la dureza del corazón de Israel y, por eso mismo, anunciaron la promesa de un corazón nuevo: “Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo” (Ez 36,26). Para San Juan Eudes, el corazón es “la parte superior de su alma, con todas las perfecciones que le pertenecen” (Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios, p. 26).
A la luz del Nuevo Testamento comprendemos que esa promesa tiene un rostro concreto: Jesucristo. En Él contemplamos la plenitud del corazón humano totalmente abierto de Dios. Todo en Jesús revela una profunda armonía entre el amor al Padre y el amor a la humanidad. Basta recorrer los Evangelios para descubrirlo. Sus palabras conmueven porque nacen de un corazón lleno de misericordia; sus gestos sanan porque brotan de una compasión auténtica; su cercanía a los pecadores manifiesta que nadie queda excluido de su amor.
Cuando Jesús dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), no está ofreciendo simplemente una lección moral. Está revelando lo más profundo de sí mismo. Nos está permitiendo entrar en la intimidad de su persona.
El Padre Eudes comprendió esta verdad con una profundidad extraordinaria. Por eso escribió aquella frase que ha llegado a convertirse en una síntesis de toda la espiritualidad eudista: “El Corazón adorable de Jesús es un horno ardiente de amor a su Padre eterno y a todos los hombres”. Siempre me ha impresionado la fuerza de esta imagen. Un horno ardiente. No una llama débil ni una chispa pasajera. Un fuego capaz de iluminar, de calentar y de transformar.
La imagen, además, es profundamente bíblica. El Dios de la revelación se manifiesta muchas veces a través del fuego: en la zarza ardiente contemplada por Moisés, en la columna luminosa que acompaña a Israel durante la noche, en el fuego que consume el corazón de los profetas y, finalmente, en aquel fuego del que habla Jesús cuando exclama: “He venido a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49). San Juan Eudes supo reconocer en todas estas imágenes una anticipación del amor que arde en el Corazón de Cristo.
Sin embargo, sería imposible comprender plenamente la herencia espiritual del fundador de la Congregación de Jesús y María sin hablar también del Corazón de María. Una de las grandes intuiciones de San Juan Eudes fue comprender que los Corazones de Jesús y de María no pueden contemplarse por separado. Allí donde está el Hijo encontramos también a la Madre. Allí donde se manifiesta el amor redentor de Cristo aparece la respuesta perfecta de aquella que acogió la voluntad de Dios con una disponibilidad absoluta. La unión entre ambos es tan profunda que llega a llamar a Cristo “su corazón divino que es Jesús” (Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios, p. 20).
El Evangelio de Lucas presenta a María como la mujer que guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón (Lc 2,19.51). Esta afirmación, aparentemente sencilla, posee una enorme profundidad teológica. María escucha la Palabra, la recibe con total disponibilidad y la guarda en su corazón hasta que toda su existencia queda configurada por ella. En su Corazón contemplamos la obra más perfecta de la gracia después de Cristo, pues allí resplandecen en plenitud las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Por ello, el Corazón de María aparece como la imagen más acabada de lo que Dios desea realizar en cada creyente: un corazón que ama lo que Dios ama, busca lo que Dios quiere y vive enteramente unido a su voluntad.
La espiritualidad de San Juan Eudes contempla una profunda conformidad entre el Corazón de Jesús y el Corazón de María. La santidad de la Virgen consiste precisamente en haber permitido que el amor de Dios moldeara toda su existencia. Nada ocupó el centro de su vida fuera de Dios; sus pensamientos, deseos y acciones estuvieron continuamente orientados hacia Él. Por eso, el Corazón de María aparece como la realización más perfecta de una vida enteramente entregada al Señor y plenamente transformada por su gracia.
Asimismo, señala que “sus pasiones no tuvieron otro uso ni sentimiento, sino que estuvieron muertas y anonadadas al mundo y a todas sus cosas” (Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios, p. 25). Con estas palabras, San Juan Eudes pone de relieve la perfecta ordenación de toda la vida interior de María hacia Dios. Sus afectos, deseos y aspiraciones no estaban dominados por intereses meramente humanos o pasajeros, sino plenamente orientados al cumplimiento de la voluntad divina. La gracia había armonizado en ella todas las facultades de su alma, de modo que nada se oponía al amor de Dios ni dificultaba su acción. Por eso, el Corazón de María se presenta como un corazón enteramente disponible para Dios, libre de apegos desordenados y plenamente configurado por la fe, la esperanza y la caridad.
Más aún, San Juan Eudes afirma “Jesús y María tienen un mismo corazón, un mismo espíritu y una misma voluntad” (Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios, pp. 129-130). Se trata de una expresión audaz, pero profundamente bella. No pretende confundir al Hijo con la Madre. Quiere mostrar la comunión extraordinaria que existe entre ambos dentro de la obra de la salvación. El amor que llena el Corazón de Cristo encuentra en María una acogida perfecta; y el amor que llena el Corazón de María conduce siempre hacia Cristo.
Esta profunda comunión entre Jesús y María no disminuye la singularidad de Cristo dentro del misterio de la salvación. Por el contrario, la pone aún más en relieve. María participa de manera única en la obra redentora de su Hijo, pero siempre en referencia a Él y subordinada a Él, único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2, 5). Por eso, la auténtica espiritualidad mariana nunca se detiene en María, sino que conduce invariablemente a Jesucristo, centro de la historia de la salvación y plenitud de la revelación de Dios.
Esta comunión alcanza su momento más conmovedor al pie de la cruz. Allí se encuentran el Corazón traspasado del Hijo y el Corazón doloroso de la Madre. Allí se cumplen las palabras de Simeón: “Y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35). Allí comprendemos que la redención se revela como el amor llevado hasta el extremo.
Quizás por eso la espiritualidad eudista conserva tanta actualidad. En una época marcada por la prisa, la superficialidad y la dificultad para establecer vínculos duraderos, los Sagrados Corazones de Jesús y de María nos recuerdan que el centro de la fe cristiana sigue siendo el amor. No una idea abstracta sobre el amor, sino el amor concreto de Dios manifestado en Jesucristo y acogido plenamente por María.
El mismo San Juan Eudes insistía en que “la vida cristiana consiste en continuar y completar la vida de Jesús en la tierra”. Estas palabras siguen siendo profundamente actuales. La devoción a los Sagrados Corazones no tiene su meta en sí misma. Su finalidad es formar el corazón del discípulo, hacer que Cristo viva en nosotros y enseñarnos a amar como Él ama. En definitiva, la devoción a los Sagrados Corazones busca formar en los creyentes un corazón semejante al de Cristo, capaz de amar a Dios y a los hermanos con la misma entrega y fidelidad que resplandecen en Jesús y María.
Al final, quizá esa sea la razón por la cual la Iglesia continúa volviendo una y otra vez a los Corazones de Jesús y de María. Porque en ellos descubre la verdad más hermosa del Evangelio: que Dios ama al ser humano con un amor sin medida. Y porque, mientras exista un corazón herido que necesite consuelo, una persona que busque sentido para su vida o un creyente que anhele encontrarse más profundamente con Dios, seguirá ardiendo en medio del mundo esta hoguera de amor que el Padre Eudes contempló, anunció y legó a toda la Iglesia.
¡Queremos, Señor Jesús, que vivas y reines entre nosotros!

