Por: Mons. John Mario Mesa Palacio. Obispo electo del Vicariato Apostólico de Leticia-Amazonas
«Y escuché la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra»? Entonces dije: «Heme aquí: envíame.» (Is. 6, 8)
Hoy el Señor Jesús continúa presentándose a la puerta de tantas familias, comunidades parroquiales, movimientos eclesiales, seminarios… para seguir llamando a muchos a salir a anunciar la Buena del Evangelio en todos los ámbitos donde acontece la vida humana. El nombre de la Iglesia, su verdadera identidad, es Misión, “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. (E.G. n. 1). “Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (E.N. n. 14).
Que gran desafío ir a la Amazonía a anunciar la Buena Nueva del Evangelio, esto implica pasar del discurso y de la comodidad, para hacer vida el mandato misionero: “Jesús se acercó a los apóstoles y les habló así”: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt. 28, 18-20). Este mandato de Cristo no ha cambiado. Si tenemos los ojos, los oídos y el corazón abiertos, podremos escuchar este mandato, que llena de ardor el corazón del discípulo de Cristo, quien lleno de generosidad, se dispone a ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo que viven en una sociedad marcada por el individualismo, el relativismo, el consumismo y la pérdida del sentido de la vida y de la relación con Dios, aspectos que dejan grandes vacíos en el corazón humano y van deteriorando la vida y las aspiraciones humanas.
La obra es de Dios, cada uno de nosotros somos instrumentos en sus manos, contamos con su gracia, la fuerza del Espíritu Santo y el don del ministerio. Estoy convencido que, para ser fieles servidores del Evangelio y del Reino de Dios, de los sacramentos y de la caridad, obispos, sacerdotes, consagrados(as) y fieles laicos necesitamos apoyarnos en la fuerza de la oración, de la Palabra y de la Eucaristía que nos permitan renovar cada día la respuesta al llamado del Señor, evitando distraernos en los afanes del mundo, el interés por el dinero, el egoísmo, el cansancio y la asedia espiritual. Al ser enviado como Padre y Pastor de esta Iglesia Local que peregrina en el Amazonas, con gran alegría, obediencia, sentido de Iglesia y animado por la fuerza del Espíritu Santo, he respondido al llamado que me hecho el Señor, para ir a las comunidades, donde como pastor cercano y alegre, me encontraré con los hombres y mujeres que allí habitan, escuchando sus voces, sus cantos, percibiendo sus silencios y las heridas producidas por la violencia, la explotación y el olvido del Estado.
Al asumir esta misión como Vicario Apostólico de Leticia, en primer lugar, reconozco y doy gracias a Dios por el fecundo trabajo misionero que durante tantos años han realizado los misioneros laicos, los consagrados(as), los sacerdotes, los prefectos apostólicos y a Monseñor José de Jesús Quintero; y segundo lugar, me encomiendo a sus oraciones y ayuda misionera, para que el Señor siga haciendo muy fecunda esta obra misionera, que hace ya 36 años, se le encomendó a la Diócesis de Santa Rosa de Osos, mediante el «Ius Commissionis» como una forma de cooperación misionera, un compartir de dones con la hermana Iglesia del Vicariato Apostólico de Leticia, Amazonas.
Al Señor le pido sabiduría, escucha y apertura del corazón para entrar con respeto en estas culturas, descubrir en sus manifestaciones espirituales, sus costumbres, tradiciones y en su relación con la tierra, sus alegrías, sufrimientos y esperanzas; solo estando a su lado y ayudado por presbíteros, diáconos, consagrados(as) y laicos podremos ayudar a descubrir la presencia de Dios que camina con ellos, mostrarles el rostro misericordioso del Padre Dios y anunciarles la buena Nueva del Evangelio que dé respuesta a sus inquietudes y sed de Dios.

