Por: Salomón Machado Tobón, Seminarista del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino.

Si hiciéramos el ejercicio de pensar con criterios puramente humanos, desde la lógica del éxito, el poder o, quizás, desde el prestigio, acerca del lugar más propicio para que el Hijo de Dios asumiera nuestra condición humana, la respuesta más fácil sería una mansión o lo más cercano a un palacio. Pero no. Dios eligió un hogar para su Hijo, escogió una familia.

Este año, nuestra Iglesia Arquidiocesana nos invita al “encuentro con Cristo en la familia, comunidad transmisora de la vida y de la fe”, un paso fundamental que debemos vivir permanentemente y que nos conducirá a la anhelada meta del Plan de Evangelización: que todos seamos, a partir del 2043, “Una Iglesia Sinodal para la misión”. Pero no podemos ser una Iglesia misionera sin antes haber tenido un encuentro íntimo, un seguimiento y una comunidad con el Señor[1]. Y no es casual que, hablando de intimidad, surja el llamado al encuentro con Cristo en lo más íntimo de las raíces del ser humano: la familia, célula original de la vida social; en ella se aprenden los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad (Cfr. CEC 2207-2208).

Ahora bien, si queremos emprender este llamado, los invito a que volvamos la mirada hacia la mujer de Nazaret que acogió fielmente al Hijo de Dios y que, junto con San José, formó de su hogar la Sagrada Familia. Contemplar la vida de la Santísima Virgen María ilumina y nos puede ayudar al encuentro con su Hijo en nuestros hogares; ella enseña a decirle “Sí” a Jesús, a compartir la gracia de tenerlo en nuestras vidas, nos enseña a transformar nuestros hogares. María nos conduce a Jesús y Jesús nos conduce a ella.

En el relato de la Anunciación del Evangelio (Lc 1,26-38), María es la mujer del “Sí”; ella aparece como la nueva Eva; su obediencia se opone a la desobediencia. La primera virgen es seducida por un ángel, pero María vence con su respuesta de fidelidad, creyendo en la palabra de otro Ángel. Ella es presentada como la virgen desposada con San José, haciendo referencia a un esposo; con esto, la Tradición de la Iglesia ha visto que el Salvador quiso nacer en una virgen desposada, no simplemente para salvarla de ser señalada y condenada por fornicación, sino que Dios tenía previsto un custodio y protector para las necesidades propias de la mujer recién parida y del cuidado que requería la fragilidad humana del Niño[2]. Ese “Sí” no solo abrió las puertas de la Encarnación, sino que también dio origen al hogar de Nazaret, conformado por San José, María y el Niño Jesús.

El “Sí” de María es sumamente importante y esto lo recalca el Concilio Vaticano II cuando escribe que el Padre quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que, de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios; obedeciendo se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano (Cfr. LG 56).

Con lo anterior, tenemos la certeza de que María no es un instrumento pasivo en nuestra fe, sino que ella nos lleva hacia su Hijo. El evangelista Lucas, después de la Anunciación, escribe que María va con prontitud a visitar a su pariente Isabel (Cfr. Lc1,39-45); según la Tradición, este es un recorrido que dista aproximadamente de ciento cuarenta kilómetros. Una vez allí, lo normal es que se saludara a la persona que llega cansada de un viaje, pero, en este caso, es María quien saluda a Isabel, la abraza, la felicita y le promete permanecer a su lado. Junto con la visita de la virgen, entra en aquella casa la gracia del Señor; Dios la ha hecho su mediadora y su llegada causó una revolución espiritual: María llenó de gloria aquella casa. Si la visita de un personaje honra a quien lo hospeda, cuánta más honra dará acoger al Hijo Unigénito del Padre, hecho hombre en el seno de la virgen. Además, el niño en el vientre de Isabel salta de gozo y ella, iluminada por el Espíritu Santo, realiza una aclamación profética: Dichosa tú porque has creído[3].

De este modo, se puede evidenciar que María tiene la capacidad de transformar los hogares, como lo hizo en Belén. Así lo dijo el papa Francisco: “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura… Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas, tal como sucedió en Caná” (EG 286).

Pero, por otra parte, en el acontecimiento de la Cruz, fue el mismo Jesús quien le dijo a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego le dijo al amigo amado: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). Con estas palabras, Cristo dejaba a su madre como madre nuestra, y solo después de esto Jesús pudo sentir que “todo está cumplido” (Jn 19,28). Fue entonces, al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, en la que Cristo nos llevó a María; Él nos lleva a ella porque no quiere que caminemos sin una madre (Cfr. EG 285). Y qué curioso: estamos reflexionando acerca de que María nos lleva a Jesús, pero vemos también cómo Jesús igualmente nos conduce a ella.

Así pues, María enseña que nuestro hogar es más llevadero cuando se trabaja en familia; el mismo Dios tuvo en cuenta la figura masculina para que custodiara el hogar donde habitaría su Hijo Jesús. Además, María da ejemplo de que tener un encuentro con Cristo no es para conservarlo para uno mismo, sino que estamos llamados a compartir esa gracia con los demás. Aspiramos a ser una Iglesia misionera, pero la misión comienza desde la casa.

María tuvo una misión única en la historia de la salvación: concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo. Ella siguió perseverando junto a los apóstoles, a la espera del Espíritu (Cfr. Hch 1, 13-14), cooperando con el nacimiento de la Iglesia misionera. María, como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos[4].

Virgen María, lleva a nuestras familias al encuentro con tu Hijo.

[1] Cfr. PLAN GLOBAL DE EVANGELIZACIÓN 2024-2043, Arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia: PPC, 2024, 3p

[2] Cfr. A. ARTHUR., LA BIBLIA COMENTADA POR LOS PADRES DE LA IGLESIA, EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS, Tomo III, 2.ª ed, España: Ciudad Nueva, 2016, 55p

[3] Cfr. L. JOSÉ ANTONIO., LA VIRGEN MARÍA, MAGISTERIO, SANTOS Y POETAS, MADRID: EDICIONES PALABRA, 2012, 51-52p

[4] Cfr. Documento de Aparecida, n. 267.