“Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega” (Jn 4,35).
Pbro. Tarcisio
Gaitán, cp.
En el reciente mensaje que la H. Simona Brambilla, MC, Prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, dirigió a todos los consagrados y consagradas con ocasión de la Jornada de Vida Consagrada, escribió: “El Papa León XIV ha recordado con insistencia en sus intervenciones, indicando la paz no como una utopía abstracta, sino como un camino exigente y cotidiano, que requiere escucha, diálogo, paciencia, conversión de la mente y del corazón, y rechazo de la lógica de la prevaricación del más fuerte. La paz no nace de la rivalidad, sino del encuentro, de la responsabilidad compartida, de la capacidad de escuchar y de caminar sinodalmente, y, por lo tanto, del amor a todos en la senda del Evangelio, según la cual todos somos hermanos”
Esas palabras de la Prefecta nos recuerdan algunas de las tareas importantes que tiene la vida consagrada en este Kairós que estamos viviendo como Iglesia gracias a los procesos de sinodalidad de los últimos años, principalmente el Sínodo de la Sinodalidad.
¿Y qué es eso de la sinodalidad?
La sinodalidad fue el dinamismo que guio el pontificado de Francisco y que comunicó a todos los fieles. Pero la sinodalidad no fue un invento suyo ni representa una moda teológica o pastoral. El Documento Preparatorio del Sínodo sobre la sinodalidad (pág. 11) recordó que: “En el primer milenio ‘caminar juntos’, es decir, practicar la sinodalidad, fue el modo de proceder habitual de la Iglesia entendida como ‘un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (Cipriano, De Oratione Dominica, 23: PL 4, 553)”. Lo que durante el primer milenio fue la práctica ordinaria de la Iglesia, y aún lo es en otras confesiones hermanas, durante el segundo milenio se extravió y quedó casi totalmente olvidado. El fortalecimiento teológico y canónico del primado petrino trajo como consecuencia que en la Iglesia se acabara de sacralizar el ministerio (que ya había sido masculinizado y se había concentrado en pocos varones), se priorizaran la dimensión de poder en el sacramento del orden, predominaran las relaciones verticales entre los sujetos, y se creara la conciencia de la existencia de dos cuerpos dentro del único cuerpo eclesial: la ecclesia docens y la ecclesia dicens.
El camino de una Iglesia sinodal involucra todas las personas, relaciones, niveles y acciones de la Iglesia. También nosotros los religiosos y religiosas estamos invitados a ser actores de frontera en la construcción de la Iglesia poliédrica, Pueblo de Dios que camina en obediencia al Espíritu de Dios en la historia. En los procesos de sinodalidad que hemos vivido en los últimos años (Sínodo sobre la Amazonía, Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, Sínodo sobre la sinodalidad), la vida consagrada ha participado de forma activa y ha favorecido la participación de laicos asociados y de personas cercanas, tanto desde las comunidades locales como desde nuestras congregaciones y organismos eclesiales como la CRC y la CLAR.
La sinodalidad nos ha permitido redescubrir la centralidad del sacramento del bautismo en la vida de la Iglesia. En virtud del bautismo común a todos los fieles conformamos el Pueblo santo de Dios que se hace servidor de la humanidad. Guiados por el Espíritu abrazamos este proceso de escucha atenta de todas las voces, incluyendo las de los alejados, para alargar la mesa de la participación e involucrarnos todos y todas en la misión que el Señor encomendó a su Iglesia: ser portadora de la vida nueva que trae el Reino a toda la humanidad.
¿En qué momento estamos?
El Sínodo sobre la sinodalidad ha sido una siembra que ha conocido distintas etapas. Entre los años 2021 al 2023 fue necesario preparar el terreno. Fue el tiempo de la escucha de todos, todos, todos (como le gustaba decir a Francisco); la etapa de la preparación fue rica en voces diversas que llegaron a la Secretaría del Sínodo desde todas las partes del mundo y de creyentes de todas las condiciones: mujeres, varones, religiosas y religiosos, sacerdotes, diáconos, obispos, organizaciones y movimientos eclesiales, etc., y que fueron canalizadas gracias a la actividad de las Conferencias Episcopales.
La segunda fue la etapa de la realización, que consistió en el discernimiento de los padres y madres sinodales en la XVI Asamblea sinodal; fue la siembra de lo dialogado y concluido. Tuvo distintos momentos: la primera fase (octubre 2023), que nos brindó el Informe de Síntesis; la segunda fase (octubre 2024), que tuvo como punto culminante el Documento Final (octubre 2024). “Con este documento, la Asamblea reconoce y testimonia que la sinodalidad, dimensión constitutiva de la Iglesia, ya forma parte de la experiencia de muchas de nuestras comunidades. Al mismo tiempo, sugiere caminos a seguir, prácticas a implementar, horizontes a explorar.” (Documento Final, n. 12)
El proceso sinodal no concluye con el Documento Final. Tras la preparación del terreno y la siembra, inicia la cosecha. La tercera etapa es la implementación o puesta en marcha de lo dialogado por todos en nuestras comunidades, grupos y diócesis, y luego sistematizado en el Sínodo. Es el momento favorable para que cada consagrada o consagrado propicie procesos sinodales en los espacios donde vive y sirve. Mejor aún si no actuamos de modo individual, aislado, sino que transitamos este momento con nuestras comunidades, equipos de catequesis o movimientos. La sinodalidad se aprende caminando juntos, pues se trata de experimentar formas nuevas y renovadas de ser Iglesia para que nuestro seguimiento de Jesús sea cada vez más sinodal.
La vida religiosa en este momento de implementación
Entre las muchas perlas que tiene el Documento Final del Sínodo, en el n. 65 ofrece una joya a la vida consagrada. Dice: “La vida consagrada está llamada a interpelar a la Iglesia y a la sociedad con su voz profética. En su experiencia secular, las familias religiosas han madurado prácticas de vida sinodal y discernimiento en común, aprendiendo a armonizar los dones individuales y la misión común. Las órdenes y congregaciones, las sociedades de vida apostólica, los institutos seculares, así como las asociaciones, movimientos y nuevas comunidades tienen una contribución especial que hacer al crecimiento de la sinodalidad en la Iglesia.”
En alguna época creímos ser la “sociedad perfecta”. El Espíritu nos ha ayudado a percibirnos más como caminantes con toda la Iglesia y con toda la humanidad. Y reconocemos que hemos sabido cultivar experiencias de diálogo y de discernimiento comunitario, la alternancia en el servicio de autoridad que nos libra de muchas tentaciones aledañas al poder, la rendición de cuentas, la planeación y evaluación comunitarias de las actividades pastorales, o el examen de las hermanas y hermanos sobre la actuación de los superiores (por ejemplo, en el Capítulo Provincial o General); estas son algunas de las prácticas sinodales que podemos y debemos seguir comunicando a la Iglesia.
Sabiendo que el protagonista de la sinodalidad es el Espíritu, las consagradas y consagrados tenemos por delante una tarea hermosa: alargar la tienda de la sinodalidad y la mesa de la comensalidad para que todos los bautizados abracemos de verdad una nueva ciudadanía eclesial. Debemos hacer crecer el diálogo y la escucha en nuestras comunidades, fomentar el discernimiento comunitario, seguir profundizando en la riqueza que ha traído a nuestra vida la interculturalidad, aumentar la posibilidad de que todos los hermanos o hermanas tengamos posibilidad de participar de las decisiones, y comprender que la sinodalidad nos impulsa a recorrer caminos en común con los obispos y con la Iglesia diocesana.
La capacidad de imaginar un futuro diverso para la Iglesia depende en gran parte de la decisión de comenzar a poner en práctica procesos de escucha, de diálogo y de discernimiento comunitario, en los que todos y cada uno puedan participar y contribuir. Así la Iglesia podrá situarse al lado de los pobres y de los últimos y prestarles la propia voz. Para ‘caminar juntos’ es necesario que nos dejemos educar por el Espíritu. Porque la sinodalidad adquiere el nombre de la paz, esa paz que, como escribió la H. Simona, “no nace de la rivalidad, sino del encuentro, de la responsabilidad compartida, de la capacidad de escuchar y de caminar sinodalmente”. También ese es un aporte que la vida consagrada debe hacer: ayudar a comprender que en la sociedad necesitamos el valor de reconocer las heridas estructurales, la desigualdad, la exclusión de personas y poblaciones, la concentración abusiva del poder. No podemos olvidar que, ante una sociedad tan inequitativa, la iglesia sinodal recuerda que “La vida consagrada está llamada a interpelar a la Iglesia y a la sociedad con su voz profética.” (Documento Final, 65)

