Por: Pbro. Rogelio Rodríguez Graciano

Los primeros cristianos conocían dos tipos de reuniones: en el Templo para la oración (Hch. 2,46; 3,11; 5,12) y en las casas, donde realizaban la fracción del pan (2,46; 5,42). En este gesto que tenía lugar en las casas particulares, los cristianos descubrían su identidad. La Iglesia dio comienzo al reunirse las familias a compartir y celebrar la fe unos con otros; no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas” (Hch. 5, 42). Para el Apóstol Pablo la casa es el lugar donde se reúne la comunidad eclesial, en la que reside la plenitud de la Iglesia.

Según Juan Crisóstomo «donde el marido, la mujer y los hijos viven en la concordia, la estima y enlazados por la verdad, allí reside Cristo». Clemente de Alejandría aplica a la familia la palabra de Jesús: «¿Quiénes son los dos o tres reunidos en nombre de Cristo, en medio de los cuales está el Señor? El hombre, la mujer y el hijo, porque el hombre y la mujer están unidos por Dios». Vemos, pues, que germina la idea de que la Iglesia está donde Cristo se hace presente en una comunidad que confiesa la verdadera fe. En el hogar se encuentran los elementos importantes de la Iglesia: la mesa de la Palabra, la hospitalidad, el testimonio de la fe, la presencia de JESÚS.

 El Concilio Vaticano II, recalcó la importancia de transmitir la fe en el hogar: “los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo” (Lumen Gentium, #11). La iglesia empieza en el hogar. 

San Juan Pablo II enfatizó la importancia del rol de la familia en el crecimiento de la fe y declaró que la actuación especifica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse “iglesia doméstica”. De igual forma, el Papa Benedicto XVI reafirmó la importancia entre la evangelización y la familia diciendo que “la nueva evangelización depende en gran parte de la iglesia doméstica”.

La familia es un pilar fundamental de la sociedad y de la Iglesia. Como iglesia doméstica, está llamada a ser una luz de fe y amor, un lugar donde se viva el Evangelio de manera concreta y transformadora. Cada familia cristiana tiene la hermosa misión de ser un reflejo de Dios en el mundo, irradiando esperanza y construyendo un futuro. En estos tiempos tan difíciles para muchos, ¡qué gracia el ser acogidos «en esta pequeña Iglesia”, que bendición descubrir la ternura de Dios en el amor de los padres, que alegría que los padres ayuden a los hijos a sentir que Jesús nunca los abandona, siempre los va a cuidar; un hogar cristiano es «el rostro sonriente y dulce de la Iglesia».

La casa ofrece recursos importantes para la evangelización por la hospitalidad, las relaciones de parentesco y de vecindad, los contactos de todo tipo. Y no hay que olvidar el lugar de las mujeres en el nacimiento de las primeras comunidades. Por reunirse en las casas privadas, la mujer podía ejercer un papel de acogida y una gran influencia sobre el clima espiritual de la comunidad.

La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos» (Amoris Laetitia 315). Cristo Señor “sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio”, y permanece con ellos». Jesús no se va, sino que se queda con los esposos y está presente en su casa no sólo cuando se reúnen y rezan, sino en todo momento. Él nos   mantiene unidos, Él nos ama, Jesús siempre está al lado del hijo que tiene más dificultades y que ha abandonado la fe. Cristo tiene misericordia y compasión del que esta más perdido y quiere abrazarnos y curarnos las heridas y todos los días espera que uno vuelva a la casa del Padre.  El pastor deja a los que están en la casa y se va en busca del que se ha alejado y lo carga sobre los hombros para llevarlo nuevamente a la iglesia doméstica.

Acciones para hacer de la casa una iglesia doméstica

  1. Orar en familia. A fin de fortalecer los lazos entre los miembros y crear un clima de paz.
  2. Discernir valores. Para poder tomar, como padres, el papel de guías compartiendo enseñanzas de la palabra de Dios.
  3. Hacer comunidad. Para generar un sentimiento de pertenencia a la Iglesia, mediante las actividades parroquiales.
  4. Servir a la comunidad. La familia, como iglesia doméstica, toma el compromiso del servicio.

Pbro. Rogelio Rodríguez Graciano

Delegado Arzobispal para la Pastoral Familiar