Por: Monseñor Noel Antonio Londoño Buitrago, obispo emérito de Jericó
El departamento de Antioquia tiene hoy una responsabilidad histórica: cuidar el medio ambiente y proteger la vida en todas sus expresiones. Esta tarea no puede seguir siendo secundaria ni aplazarse por intereses económicos o decisiones apresuradas. El territorio es un don de Dios que hemos recibido para administrarlo con sabiduría y transmitirlo dignamente a las futuras generaciones.
Con la premisa del cuidado de la casa común, tal como lo recordó insistentemente el Papa Francisco en su magisterio, especialmente en la encíclica Laudato Si’, entendemos que el desarrollo no puede reducirse únicamente al crecimiento económico. También debe contemplar la conservación de la naturaleza, el respeto por las comunidades y la construcción de un futuro sostenible y humano. Allí surge uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: armonizar economía, medio ambiente y dignidad humana.
La mentalidad actual, algunas políticas públicas y las mismas condiciones geográficas de nuestros territorios, han generado preocupaciones profundas. Muchas de ellas están relacionadas con ciertos modelos de explotación minera que, aunque prometen progreso, también dejan interrogantes sobre sus impactos ambientales, sociales y culturales. No se trata de oponerse irracionalmente al desarrollo, sino de preguntarnos qué tipo de desarrollo queremos y a qué costo estamos dispuestos a alcanzarlo.
Por eso hemos repetido una frase sencilla, pero llena de sentido: “Minería sí, pero no así, ni aquí”. Esta expresión se ha convertido para nosotros en un llamado a la prudencia y a la responsabilidad. Las condiciones geológicas del suroeste antioqueño hacen que muchas actividades extractivas representen riesgos reales para la estabilidad de las montañas, las fuentes hídricas y la seguridad de las comunidades. El territorio no es solamente una riqueza económica; es el hogar de miles de familias campesinas, es la memoria de nuestros pueblos y el sustento de generaciones enteras.
Toda intervención sobre la naturaleza debe pensarse, ante todo, desde la defensa de la vida humana. Antes que los intereses particulares o empresariales, deben estar la protección de las personas, el bienestar de las comunidades y el equilibrio ambiental. Si alguna actividad extractiva llegara a desarrollarse, tendría que hacerse en territorios preparados para ello, con controles estrictos, responsabilidad ambiental y garantías reales para la población.
Somos una familia humana numerosa y profundamente interdependiente. Por eso debemos inspirarnos mutuamente para cuidar especialmente a los niños, a los jóvenes, a los campesinos y a las comunidades más vulnerables. El futuro no puede edificarse destruyendo aquello que sostiene la vida. Cuidar la casa común es también cuidar la esperanza de las nuevas generaciones.
Quien cree en Dios creador no puede convertirse en promotor de la destrucción de la naturaleza. La fe auténtica nos invita a contemplar la creación como obra divina y a reconocer en ella una expresión del amor de Dios. No podemos arrodillarnos ante modelos económicos que absolutizan el dinero y sacrifican el territorio, el agua y la vida humana. Las máquinas extractoras, las piscinas de relave y las explotaciones desmedidas nos obligan a hacer un examen serio de conciencia sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.
Como seres humanos, debemos aprender nuevamente a cuidarnos unos a otros. En esta tarea tienen una misión fundamental el Estado, la Iglesia, la familia, las instituciones educativas y toda la sociedad civil. El cuidado ambiental no es una moda ni una ideología; es una responsabilidad moral y espiritual que compromete nuestra manera de vivir, consumir y relacionarnos con el entorno.
Finalmente, debemos recordar que amar la verdad no significa poseerla completamente, sino buscarla humildemente cada día. Y en esa búsqueda comprenderemos que Dios, creador de la vida y del universo, es la verdad que ilumina nuestro camino. Desde esa certeza, estamos llamados a construir una cultura del cuidado, del respeto y de la solidaridad, donde el territorio sea protegido como un regalo sagrado confiado a nuestras manos.

