Por: Pbro. Edwin Alejandro Jiménez. Formador del Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino.
Al comenzar nuestro año pastoral, nuestro Señor Obispo nos invitaba a “remar para renovar”. Nos recordaba que toda renovación auténtica nace del anuncio kerigmático, de la conversión personal y de la vivencia comunitaria. Y señalaba con claridad que nuestra Iglesia particular continúa viviendo el encuentro con Cristo de manera especial en la familia.
En este contexto, durante los meses de julio y agosto queremos profundizar en una verdad que no siempre valoramos lo suficiente: familia cristiana, eres comunidad evangelizadora.
Muchas veces pensamos que evangelizar es tarea exclusiva del sacerdote, de los catequistas o de algún grupo apostólico. Sin embargo, la primera evangelización ocurre en casa. Allí donde un padre y una madre enseñan a su hijo a hacer la señal de la cruz, donde se bendicen los alimentos, donde se aprende a pedir perdón y a dar gracias, allí está actuando el Espíritu Santo. Allí está naciendo Iglesia.
Nuestro Obispo nos hablaba de “remar hacia adentro”, es decir, de la conversión personal y pastoral. Creo que esto comienza precisamente en el hogar. Cada familia está llamada a preguntarse: ¿Cristo ocupa el centro de nuestra vida? ¿Oramos juntos? ¿Participamos como familia en la Eucaristía dominical? ¿Vivimos la caridad entre nosotros y con los demás?
La familia no es solo destinataria de la pastoral; es sujeto activo de la misión. Cuando una familia vive la fidelidad en medio de las dificultades, cuando persevera en el amor, cuando abre sus puertas para escuchar y acompañar a otros, está evangelizando sin necesidad de grandes discursos. El testimonio sencillo y coherente tiene una fuerza inmensa.
Hoy nuestra sociedad enfrenta múltiples desafíos que afectan directamente a la vida familiar: divisiones, violencia, indiferencia religiosa, crisis económica y moral. Precisamente por eso la familia cristiana está llamada a ser luz. No una luz perfecta, sino una luz humilde que, aun en medio de sus fragilidades, confía en la gracia de Dios.
Como comunidad parroquial queremos fortalecer espacios de encuentro para las familias: momentos de oración, formación, acompañamiento y fraternidad. No podemos limitarnos a una pastoral ocasional. Necesitamos procesos que ayuden a los esposos a redescubrir la belleza de su vocación y a los hijos a crecer en un ambiente de fe y amor.
Queridas familias, no olviden que el día de su matrimonio el Señor los consagró para una misión. Su hogar está llamado a ser una pequeña Iglesia doméstica, una escuela de humanidad y un taller de santidad cotidiana. Desde allí pueden transformar el mundo, comenzando por lo más cercano.
Sigamos remando juntos. Si cada familia se deja renovar por Cristo, nuestra parroquia se renovará. Y si nuestras parroquias se renuevan, toda nuestra Arquidiócesis será una Iglesia más viva, más misionera y más fraterna.
Familia cristiana, no tengas miedo: el Señor camina contigo y te envía.

