Por: Pbro. Abel Ocampo Higuita. Rector IAUR.
El solo título es evocador y provocador en los tiempos que corren. La familia ha sido, es y esperamos que no deje de ser, la primera comunidad educadora. Hemos sufrido, hace ya varios años, un menoscabo y deformación (FC 3) (casi degradación de la familia) debido a múltiples factores; uno de ellos es que la familia ha dejado de ser lo que era y ha renunciado, quizá sin darse cuenta, a su misionalidad genuina, a su vocación inicial. Desde que empezamos a llamar familia lo que no es, a adoptar modelos nuevos de relaciones y a normalizar comportamientos no siempre éticos en la sociedad, nos distanciamos del plan primigenio, genuino y original del Dios que es comunidad y familia trinitaria.
Lo que en otrora llamábamos familia, porque en efecto lo era, hoy se ha desdibujado/relativizado, se ha perdido la esencia, es decir, la identidad primera de lo que es la auténtica familia: un hombre unido a una mujer que en el contexto del amor y cobijados por el sacramento del matrimonio engendran hijos y se constituyen en Iglesia doméstica. Es en la familia, así constituida, donde se aprende lo esencial y fundamental de la existencia; es el primer lugar donde se aprende a amar y a ser amado, donde se sale del propio egoísmo para acoger a los demás y estar y construir con ellos, por eso la familia es la primera escuela, “el núcleo fundamental de la sociedad” (Constitución Política de Colombia, art 42). “La célula primera y vital de la sociedad” (FC 42), “la célula original de la vida social” (CEC 2207-2208), “la escuela del más rico humanismo” (GS 52).
Como primera escuela la familia tiene por vocación y misión el deber de enseñar, de educar integralmente, y no solo en la fe, a sus miembros. Hoy asistimos a un fenómeno peligroso: la delegación total de la educación en manos de la escuela, el estado o la tecnología. El papa Francisco, de feliz memoria, advirtió sobre una fractura entre la familia y la sociedad, y entre la familia y la escuela, que trae como consecuencia, lo que él llamó, la ruptura del pacto educativo global[1]. Hoy la familia, da la impresión, de haberlo delegado casi todo a otras instituciones: la educación, la catequesis, la salud, la crianza, etc. Lo que antes se vivía y aprendía en el seno del hogar, hoy se busca en otros espacios y lo brindan otras instituciones. El ritmo acelerado de la sociedad actual ha impuesto nuevas formas de vida y aun nuevos estilos de crianza que se han asumido y naturalizado sin mucho problema.
En un mundo de hiperconexión digital, pero desconexión emocional, la familia corre el riesgo de convertirse en un hotel de paso, en un mero refugio, como le gustaba decir al ya citado papa Francisco. En este contexto y ante este panorama la familia está llamada a recuperar su protagonismo, que significa entender que, aunque otros colaboren solidariamente en la instrucción intelectual y emocional, etc; solo la familia forja el corazón. La familia es donde se aprende el valor del perdón, la gratuidad, el respeto, la solidaridad y la gratitud. La familia es la institución que forma íntegra y holísticamente. Por esta razón la familia no puede dejar de ser protagonista y de alzar su voz en los espacios donde pretenden acallarla y opacarla, incluso, reemplazarla.
La familia ha sostenido la sociedad desde siempre, ella es la que engendra, forma y entrega a la sociedad misma ciudadanos de bien que construyen país, que aportan y sostienen sus estructuras más esenciales; es un imperativo que recupere su protagonismo y su incidencia positiva y necesaria en la sociedad. Si la familia calla la sociedad se desmorona y se viene a menos, cito las palabras del evangelio que nos sirven para iluminar lo anterior, si estos callan, estas piedras hablarán (Lc 19,40).
Roguemos a Dios por nuestras familias, por la fidelidad de nuestros padres, por la entrega generosa de nuestras madres y por la unidad y respeto de los hermanos; la familia de Nazaret, modelo de toda familia humana, interceda siempre por nosotros.
[1] Papa Francisco, La nueva educación y el pacto educativo global, 2019. Juan Pablo II, Familiaris consortio,

