Saludo cordial desde la parroquia San José de Bico, Antioquia, Colombia. Padre Francisco Oquendo. Segundo domingo de Pascua. El evangelio que se nos regala es Juan capítulo 20, versículos del 19 al 31. Por brevedad, te invito a que tú lo leas en tu propia sagrada escritura.

Comencemos contextualizando el texto. Después de que María Magdalena ha reconocido al Señor resucitado y ha vivido su encuentro con él (Juan 20:1-18), en la mañana del domingo, primer día de la semana, los discípulos reconocen a Jesús resucitado y viven su encuentro comunitario con él.

El texto se cierra con la llamada primera conclusión del Evangelio según San Juan, contenida en los versículos 30 y 31. Como elementos literarios, los invito a notar que el campo semántico del creer está constituido por siete elementos. El verbo «creer» en griego «pisteuo» se halla cinco veces, y a estos hay que sumar los adjetivos «no creyente» y «creyente» que se hallan en el versículo 27.

También los invito a notar la presencia significativa del verbo «ver» en griego «orao», que se halla en la narración seis veces. Notar también el saludo del Señor resucitado «Paz a vosotros», que se haya idéntico en tres ocasiones. Por último, notar las dos bonitas Confesiones de fe que encontramos en el texto para nuestra meditación personal.

Los invito a concentrar mirada del corazón en dos preguntas. Primera, ¿a quién encuentra la identidad del encontrado? Se expresa sublimemente mediante los títulos que se le dan en las dos Confesiones de fe que se hallan en el texto. La primera es la confesión de Tomás, quien en presencia del Señor resucitado confiesa diciendo «¡Muos mu, señor mío y Dios mío!» (Juan 20:28).

La segunda confesión la encontramos, en cambio, en el versículo 31, donde Cristo es llamado «El joc cristos josú», es decir, el Cristo, el Hijo de Dios. Tomás reconoce el señorío divino, la divinidad señorial de Jesús resucitado. Tomás mira su carne glorificada y reconoce su divinidad gloriosa, la divinidad velada por la carne humana asumida se muestra ahora como humanidad glorificada.

La humanidad martirizada que colgó de la cruz es ahora una humanidad glorificada, humanidad radiante, irradiación luminosa, luminosidad gloriosa, divina divinidad majestuosa es lo que contempla a Tomás, mirando y admirando al Señor resucitado. Hay que notar los adjetivos posesivos «señor mío» y «Dios mío». Tomás acoge al Señor resucitado como señor del corazón de su vida y de la vida de su corazón. «Dios mío», acoge al resucitado como alma de su vida y vida de su alma.

Para Tomás, Jesús resucitado no es algo, lo es todo. Su vida ha encontrado un absoluto, el absoluto excelente, la Excelencia absoluta. «Señor mío y Dios mío», es la confesión de fe de quienes han pasado de la condición de no creyentes a la condición de creyentes, siguiendo la exhortación de Jesús en el versículo 27: «Meino pistos a pistos. No seas incrédulo, sino creyente». «Señor mío y Dios mío», es la confesión de fe de los felices, de aquellos que son dignos de la última bienaventuranza que se lee en el Evangelio según San Juan 20:29.

«Bienaventurados los que creen sin haber visto». La fe no aleja de la felicidad, sino que acerca. Los creyentes son felices, y los felices creen. El verbo «creer», que como decíamos, se halla en cinco ocasiones, como un pentateuco bendito, nos recuerda que Dios se revela, libera y salva gracias a la fe.

El concepto de creer, como dicho, se halla siete veces, número de la perfección total y la totalidad perfecta, porque la fe perfecciona, hace felices, da plenitud a la vida. Para hablar del ver a Cristo resucitado, el evangelista usa en este paso siempre el verbo griego «orao» y no otros como «bpo» o «teore», porque el verbo «orao» implica la fe, indica el ver del creyente. Y Cristo resucitado no puede ser visto sino por la fe, fe ya que él es Dios, y a Dios lo ve sobre todo la fe.

Segunda pregunta para nuestra reflexión, ¿cuándo y dónde encuentran al Señor resucitado? Lo encuentran cuándo, el primer día de la semana, es decir, el domingo, que es el Día de la nueva creación. Si en la primera creación Dios, en el día sexto, creó al humano soplando sobre él para que viviera, según dice Génesis 2:7, en la nueva creación, Dios recrea la humanidad soplando sobre ella el espíritu santo (Juan 20:23).

Cuándo sucede esto, en el día primero, es decir, en el domingo. Dios pues, recrea la humanidad donándola, soplando la gracia del Espíritu Santo. María Magdalena encuentra al Jesús resucitado de madrugada, cuando la luz vence a la oscuridad, porque Cristo resucitado lleva a cabo la nueva creación.

En el capítulo 5 del Evangelio según San Juan, los judíos criticaban a Jesús porque no respetaba el sábado, es decir, el séptimo día. Y Jesús replica: «Mi padre trabaja, y yo también trabajo» (Juan 5:17). Los judíos querían matarlo porque no respetaba el séptimo día, y porque se hacía igual a Dios (Juan 5:1).

Pues bien, el crucificado resucitado descansa ya en el día primero. Él murió proclamando que había terminado su obra, su trabajo, su quehacer, cuando exclamó en la cruz: «¡Todo está cumplido!» (Juan 19:30). Y porque descansa ya en el día primero, descansa a todos, dona su paz. En efecto, por tres veces saluda diciendo: «Paz a vosotros».

El encuentro, ¿cuándo se da? Se da el primer día de la semana, es decir, el domingo. Los primeros cristianos entendieron muy bien esto inmediatamente. En efecto, San Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol San Juan, miembro por tanto de las comunidades del discípulo amado, escribió hacia el año 107 una carta a la comunidad de Magnesia donde afirma: «Los que estaban en las prácticas viejas se han vuelto a la nueva esperanza, y no observan ya el sábado, sino que viven según el domingo, en el cual surgió nuestra vida, el encuentro con el resucitado, que descansa y nos descansa, que está en paz, es la paz y da la paz».

Se lleva a cabo, por tanto, el domingo, primer día de la semana, como escribió San Gregorio Magno, padre de la iglesia: «Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, nuestro Señor Jesucristo». En efecto, Tomás se encuentra al resucitado no el lunes, martes, miércoles, sucesivamente, sino 8 días después, según dice Juan 20:26, es decir, el domingo siguiente, el primer día de la semana, que justamente fue llamado «kemera», es decir, día del Señor, como se lee en Apocalipsis 1:10, día del Señor que es el significado de nuestra palabra «domingo».

¿Dónde encuentran al Señor resucitado? En la celebración de la comunidad. Tomás no vivió su encuentro con el resucitado el día de la resurrección porque dice el versículo 24: «Uc enaut», no estaba con ellos, no estaba con la comunidad. Al domingo siguiente vive su encuentro con el resucitado porque dice el versículo 26: «Tomás meaut estaba con ellos».

Estos dos versículos, 24 y 26, expresan dos estilos de vida distintos y contrapuestos: celebrar con la comunidad cada domingo y vivir el encuentro con el Señor resucitado, o ausentarse de la celebración de la comunidad los domingos y perderse el encuentro con el Señor resucitado. Recuerda, tú no vas a misa los domingos a tu parroquia para hacer algo, sino a encontrar a alguien, a Jesús resucitado.

De lo contrario, como suele decirse, quien no va a misa por Jesús, termina abandonándola por los demás. Encontró María a su hijo resucitado, impensable que no, las escrituras no lo afirman, pero seguramente la madre modelo del discipulado encontró a su hijo donde lo encuentran los discípulos, en la celebración del domingo cristiano.

María, la Virgen madre del resucitado, nos ayude a encontrarlo participando amorosamente en la Santa Misa dominical. Gracias por compartir el video y buen domingo para todos.

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