Por: Pbro. Gabriel Jaime Gómez–Diócesis de Girardota
Coordinador regional de liturgia y miembro de la Comisión Nacional de Liturgia
Con estas palabras se identifica el prefacio V del tiempo de la cuaresma en el misal romano, en la III edición típica y ello permite reflexionar sobre aspectos esenciales de la vida cristiana en este tiempo maravilloso.
En primer lugar, es necesario redescubrir que éxodo y desierto se reclaman hoy como se reclamaron en la reconfiguración del pueblo elegido a su salida de Egipto, después de los más de 400 años de esclavitud y pérdida de identidad en un país extranjero, de costumbres diversas y de prácticas muy extrañas a la naciente fe de los hijos de Jacob que habían llegado a esa tierra.
La esclavitud fue peligrosa y amenazante, pero también lo fue el proceso de la liberación, porque necesitaba desgarrar el corazón y sacar aquello que les había sido tan propio y les había dado seguridad. Al salir de Egipto la vida ya no proviene del Nilo, ahora sólo podrá venir de lo alto porque el camino no era entre rosas sino en un desierto que los hacía vulnerables o al menos les debería recodar siempre su fragilidad.
Salir de Egipto cuesta porque siempre hay lazos que amarran con la tierra que les dio vida, aunque fuera vida de esclavitud y por eso mucho prefirieron seguir soñando con las ollas de Egipto y no con la previsión que el Dios de la libertad les iba dando cada día.
El desierto exige siempre confianza en que otro debe sostener, en que otro debe ayudar a caminar y otro debe cuidar. El desierto se ven y se experimentan los extremos, hay un cambio entre el frío y el calor sofocante, una tensión permanente entre la vida y la muerte porque hay inmensas posibilidades de morir y sucumbir en el camino.
El desierto puede hacer pensar en la muerte, pero también recuerda que más allá está la tierra de la promesa, que hay que confiar en que otros exploradores sean testigos de cómo Dios cumple sus promesas y asegura la tierra.
El salto de la esclavitud a la libertad no es instantáneo, necesita el tiempo suficiente de cambio, el tiempo de una generación (40 años) que les permita una reconfiguración y una identidad nueva, que les haga sentir orgullosos de la Alianza y que le marque definitivamente como “otro pueblo diferente”, porque siempre habrá la tentación grande que la historia deuteronomista recuerda como el malvado origen de la monarquía: querer ser como los otros pueblos, olvidando la elección y la alianza.
Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo
La liturgia no es mímesis (representación) y va más allá del simple recuerdo, porque entra la dimensión hebrea del Zikaron, del memorial, de la actualización gozosa y siempre nueva del acto salvífico.
Si el desierto que unía a Egipto con la tierra prometida estuvo marcado por la protección de Dios que se manifestaba en palabras, en signos (nube y columna de fuego) y en personas, hoy la nueva experiencia eclesial del éxodo hace que la experiencia sea ante todo ejercicio de comunión, porque la cuaresma no es una vivencia personal intimista sino una peregrinación en comunidad.
Esta peregrinación cuaresmal también está marcada por la protección divina, que a través de su Palabra nos va llevando como en un continuo y permanente retiro espiritual, en la búsqueda de poder soltar las ataduras y cambiar las añoranzas del pasado esclavizante para lanzarse a la aventura de la libertad. En este caminar también aparecen los signos que nos acompañan, que ya no son la densa nube y la columna de fuego sino la Cruz salvadora y las cenizas, que nos recuerdan nuestra configuración bautismal y existencial de criaturas y de hijos rescatados.
Las personas, son importantes en este desierto cuaresmal: la comunidad se abre a la caridad y a la fraternidad porque sin una cuaresma que construya comunidad es imposible celebrar la Pascua de una manera auténtica.
La montaña santa
La marcha de Israel no era en el vacío, era guiada por la promesa de una tierra, en la que habitarían muy seguramente desde la época de Josué hasta la época del exilio, cuando el pecado les haría volver a perder la certeza de la tierra.
Peregrinar para Israel tenía un sentido y ese sentido estaba fijado al final del trayecto porque el sinónimo más claro de la libertad era tierra.
Hoy, el camino cuaresmal es un ascenso a la montaña santa de la Pascua, un camino que esta jalonado siempre por el misterio pascual de Cristo, que “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida”. La Pascua reclama un excelente éxodo cuaresmal.
Este ascenso va teniendo un ritmo que es marcado por la Palabra de Dios, pero también va teniendo unas zonas de abastecimiento y unas estaciones de descanso, que son los domingos de cuaresma, donde la penitencia y la abstinencia se ponen de cara al Señor y se convierten en gozo y paz.
Con un corazón contrito y humillado
Cuando el grupo de Moisés, peregrinos de la libertad se dan cuenta que es necesario renunciar los apegos y las configuraciones existenciales y religiosas que han traído de Egipto, Dios les permite gustar la Alianza, no como imposición de normas sino la experiencia de la gratuidad divina que sin reclamar nada les ha recordado el don, que siempre será superior al límite.
Israel debe hacer experiencia de reconocimiento de su historia y así podrá valorar el don de Dios. La Iglesia hace experiencia de alabanza por las maravillas que Dios ha obrado en su historia, cuando recuerda que la historia se lee en clave de Alianza y así no hay imposiciones, sino que del corazón agradecido y de la gratuidad divina brota en el corazón humano la alabanza y el deseo de reconfigurarse permanentemente yu es eso, lo que tenemos que entender precisamente como conversión.
La Conversión no brota de la norma sino de la alianza, es decir de la gratuidad. Porque Dios es bueno, porque Dios es Padre y dador de todos los bienes, la comunidad debe vivir bajo sui sombra.
Habitar bajo la sombra del Omnipotente no coarta la libertad sino que la enriquece, porque es precisamente la libertad y el compromiso lo que nos recuerda que hay una tarea inscrita en el corazón de los hombres desde la creación: ser “semejanza” divina.
Cuaresma y conversión implica un camino de humanización tan profundo, que el hombre redescubriendo su propia y verdadera naturaleza, sea consciente de que sólo en Dios puede hallar su destino.
Finalmente…
Cuaresma será realmente un tiempo valioso si nos lleva a encender el fuego de los corazones en la escucha de la Palabra, si nos permite dejar que Jesús se haga el encontradizo como en Emaús. Habrá cuaresma cuando de verdad el camino se vuelta comunidad, cuando la esperanza reconstruya los lazos rotos y cuando la cruz sea descubierta como el único árbol de salvación y la definitiva escalera que une el cielo con la tierra, de esa manera, como termina el prefacio, proclamamos el himno de tu alabanza.

