Por Fray Jorge Taborda M., OFM
Siempre es aconsejable un repaso a las notas litúrgicas para la celebración de la Semana Santa; cada uno de sus momentos, los gestos, los textos y su secuencialidad tienen que ser los principales insumos para acercársenos con más devoción y mejor preparados al corazón del Año Litúrgico. Todas las celebraciones de la Semana Mayor buscan centrar la mirada en Cristo y nos ayudan a nutrir la fe que se aviva en la Resurrección del Señor. Por eso, celebrar con conciencia y fidelidad la liturgia de este tiempo es un gesto pastoral que nos recuerda que somos destinatarios de la dicha pascual.
Dentro de la rica tradición litúrgica de la Iglesia para la Semana Santa, encontramos muchos elementos que suelen pasar desapercibidos o aplicados mecánicamente; algunos de ellos se pierden entre los afanes de este intenso tiempo y quedan rezagados en el catálogo de las prioridades personales o, en el peor de los casos, omitidos o ridiculizados. El problema es que también se pone en riesgo el contenido teológico e histórico que debería ser una oportunidad para la catequesis, para la mistagogía litúrgica de la que empezamos a adolecer.
Quiero hacer mención de tres elementos con los que busco ejemplificar lo anterior: las manos y el copón velados del Jueves Santo, el descalzarse para adorar la Cruz del Señor en el Viernes Santo y el saludo final del aleluya en todo el tiempo pascual.
Las rúbricas para la misa en la Cena del Señor que describen el traslado del Santísimo Sacramento señalan que, antes de formarse la procesión hacia el altar de la reserva, el ministro cubre sus manos con el paño de hombros y, con los extremos del velo, tapa el copón. La indicación es precisa cuando pide que el copón se porte cubierto hasta el lugar preparado para su reserva, pues evoca así la antigua práctica romana de manibus velatis1 con la que el siervo recibía objetos del emperador o se los entregaba con paños en sus manos en señal de respeto y veneración. Esta práctica pudo haberse originado en oriente, luego se usó entre los persas que influenciaron el mundo greco-romano, para después ser adaptada en la corte bizantina. Al cristianizarse algunos de los ritos paganos, el gesto de las manos veladas se vinculó a la liturgia favoreciendo el énfasis en lo sagrado y lo mistérico; esta relación tuvo un desarrollo teológico significativo en los siglos posteriores, sobre todo en la baja Edad Media cuando se consolida el culto eucarístico. La liturgia conserva este gesto para estimular la reverencia y la humildad del ministro que, en una misma celebración, pasa de obrar in persona Christi al consagrar el pan y el vino, a asumir el rol de todos los creyentes que adoran a Cristo Sacramentado. Es la misma razón por la que el presbítero u el obispo muestran al pueblo el Cuerpo y la Sangre del Señor en la misa con las manos descubiertas, pero se las cubren para bendecir con la custodia a los fieles en la adoración del Santísimo Sacramento. El Jueves Santo procesionamos con un copón que se oculta entre manos que también van ocultas —por cierto, la liturgia no prevé para esta celebración el uso de la custodia o de ostensorios pues la intención es reservar, no exponer— y esto no solo lo hacemos, sino que lo cantamos en el Pange Lingua cuando decimos que nada se les explicará a los sentidos para que todo le quede al misterio.
El Viernes Santo, por su parte, tiene uno de los ritos más sensibles de toda la Semana Mayor: la adoración de la Cruz. No en vano toda la sobriedad de la liturgia de este día quiere poner al centro el misterio del amor de Dios que «entregó a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en él, no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16). La Iglesia fija sus ojos en el crucificado y adora la Cruz del Señor como confesión de fe y como gesto de gratitud. La peregrina Egeria dio testimonio de la adoración de la Cruz en Jerusalén en el siglo IV y Roma incorporó este rito en el siglo VII a la liturgia del Viernes Santo en la que proclamaba la Pasión de Señor y oraba ampliamente por la Iglesia y por sus necesidades. Terminada la celebración, el papa caminaba descalzo y sin anillo desde su catedral de Letrán hasta la basílica de la Santa Cruz en los palacios sesorianos. En recuerdo de este gesto papal, todavía hoy el obispo no lleva consigo el anillo episcopal durante el viernes santo y, quien preside la celebración de la Pasión de Señor, puede adorar la cruz sin casulla y con los pies descalzos. Aunque no es una obligación, el gesto de descalzarse recuerda el encuentro de Moisés con Dios cuando le habló desde la zarza ardiente (Cf. Éxodo 3,5) y es una invitación a la reverencia y al respeto por lo sagrado que se tiene frente a sí, al fin y al cabo, el Dios de la zarza es el mismo de la Cruz. El gesto, venido hoy a menos, es una fuente catequética para todos los fieles: habla de humildad, de sencillez y de penitencia. Descalzarse para adorar la Cruz del Señor es una exterioridad que debe acompañarse con la disposición interior, pues también el corazón debe despojarse de todo aquello que lo distrae del objetivo de este día: mirar a Aquel que fue traspasado (Cf. Juan 19, 37) y reconocer que es verdaderamente el Hijo de Dios (Cf. Marcos 15, 39), que es Dios mismo.
Quiero, por último, hacer notar la importancia que en los días pascuales tiene el saludo final de nuestra celebración litúrgica. Sabemos que, en los ritos conclusivos, la asamblea que ha conmemorado la pasión, muerte y resurrección del Señor, ahora es despedida con el doble aleluya, el término hebreo con el que somos invitados a alabar al Señor. La duplicación del aleluya en la liturgia es una forma de señalar decisivamente un antes y un después. Con el doble aleluya se pone fin a la sobriedad de los días de la pasión, a las penitencias y a los ayunos cuaresmales con los que los fieles se venían preparando para este momento. Por eso, el doble aleluya es el saludo de los que, reconociendo las maravillosas obras de Dios, lo alaban con más entusiasmo. Cuando Tobías anunció la dicha de la reconstrucción de Jerusalén, dijo que todos cantarían aleluya (Cf. Tobías 13, 17) y en el Nuevo Testamento aparece el aleluya como el canto de los que adoran a Dios por su victoria (Cf. Apocalipsis 19); por eso, litúrgicamente vale más decir ¡aleluya, aleluya! que ¡felices pascuas!, pues pone de manifiesto uno de los principales deberes de los cristianos: alabar y agradecer a Dios por el don de su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. A pesar de que la indicación litúrgica al respecto es breve, el uso del doble de esta aclamación en el saludo final es una oportunidad para recordar a los fieles que nuestra vida también debe ser un aleluya, aleluya.
1 Sobre el gesto de las manos veladas puede consultarse ALFÖLDI A., Die monarchische Repräsentation im römischen Kaiserreiche, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt 1977. Las referencias del gesto en la iconografía pueden consultarse en COUZIN R., The Traditio Legis: Anatomy of an Image, Archaeopress Archaeology, Oxford 2015.

