Por: Mons. Edgar Aristizábal Quintero. Obispo de Duitama-Sogamoso

El 4 de octubre del año 2025, el Papa León XIV entregó a la Iglesia la Exhortación Apostólica Dilexi te (Te he amado), sobre el amor hacia los pobres. Es una invitación maravillosa para que siendo conscientes del amor del Señor le hagamos presente y real en la acogida al hermano pobre y necesitado. No se trata únicamente de una llamada a la solidaridad, sino una experiencia de discipulado: hacer presente el amor del Señor en el servicio, la acogida, el reconocer al hermano pobre, en quien Cristo se hace cercano.

A lo largo del documento, siguiendo la invitación del Papa Francisco en la Encíclica Dilexit nos, nos motiva a escuchar el grito de los pobres presentes continuamente en nuestras vidas. Como experiencia de Moisés, Dios sigue escuchando el sufrimiento de su pueblo: “He visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor… Por eso, he bajado a librarlo” (Ex. 3, 7-8.10).

Dios escucha y nos llama a actuar: “La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia” (9). Hay signos claros: el compromiso a favor de ellos es insuficiente, cada día crece la pobreza de hermanos, la cultura de acumulación de bienes en algunos, la exclusión y desigualdad de personas marginadas, la indiferencia social… No debemos bajar la guardia, invita el Papa León XIV (12); No sustituir el Evangelio con ideologías mundanas o juicios injustos (15).

Los capítulos II y III nos recuerdan la riqueza de la Palabra de Dios y de la Tradición de la Iglesia que confirma el compromiso hacia los pobres. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se manifiesta la predilección de Dios por los pobres. Jesús mismo se hizo pobre por nosotros a fin de enriquecernos con ella (2 Cor. 8, 9), y se presenta al mundo, como el Mesías de los pobres y para los pobres.

Es claro: no podemos afirmar que amamos a Dios si ignoramos al hermano necesitado. Fe sin obras es fe muerta (Cfr. Sant 2,14-17). También los Padres de la Iglesia, muchos Santos y Santas, diversas Comunidades Religiosas y Movimientos Populares han reconocido en los pobres no solo a destinatarios de ayuda, sino el rostro vivo de Cristo y un lugar privilegiado de encuentro con Él.

La historia continúa y el desafío es permanente, indica el Santo Padre en los capítulos IV y V. La Doctrina Social de la Iglesia, los diferentes Concilios y los Papas de los últimos tiempos, han sido claros en el cuidado de la humanidad que sufre y llora; ésta le pertenece por derecho evangélico (85). Frente a una sociedad indiferente, de descarte y abandono, recordamos la parábola del buen Samaritano: ¿quiero pasar de largo o acercarme al otro y servirle con humildad? (Cfr. Lc. 10, 25-37).

El Papa León XIV pregunta: ¿Hacia dónde va la Iglesia hoy? Los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo; una Iglesia pobre para los pobres (110). Se nos invita, entonces, a revisar nuestras actitudes, estilos de vida y prioridades. No podemos permanecer indiferentes pues nuestra fe se refleja en la capacidad de reconocer, amar y servir a Cristo, presente en los más vulnerables.

“Una Iglesia que no pone limites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy” (120).