Por: Pbro. Rogelio Rodríguez Graciano, Delegado de la Pastoral Familiar

Dividiré mi intervención en tres partes. En la primera ilustraré el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio y la familia, la recapitulación con Cristo, documentos de la Iglesia. La segunda, el matrimonio como fundamento de la familia y la tercera, las bodas del Cordero. Antes, este pequeño cuento.

Una parejita, después de sesenta años de casados, todavía se querían mucho. Un amigo les pregunta: ¿Cómo es posible que ustedes, después de tantos años, se amen tanto? La señora, mirando una imagen del Crucifijo que tenía colgado en la pared, dijo: Pregúntele a Él, al Crucifijo. El lugar de honor en esta casa lo ha ocupado Él. Cristo es el que sostiene la familia. En Jesús se puede amar de verdad.

Proyecto de Dios.

En la tradición sacerdotal (Gn 1, 26-28) se crea simultáneamente al hombre y a la mujer, no a uno del otro; se pone en relación el ser varón y mujer con el ser a imagen de Dios: «Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó». El fin primario de la unión entre el hombre y la mujer se contempla en ser fecundos y llenar la tierra. En la tradición yahvista (Gn 2, 18-25), la mujer es obtenida del hombre; la creación de los dos sexos se ve como remedio a la soledad («No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada»); más que el factor procreador, se acentúa el factor unitivo («El hombre se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne»). Abrirse al otro sexo es el primer paso para abrirse al prójimo, hasta el Otro con mayúscula, que es Dios. El matrimonio nace bajo el signo de la humildad; es el reconocimiento de dependencia y, por lo tanto, de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es realizar el acto más radical de humildad. Es hacerse mendigo y decirle al otro: No me basto a mí mismo, necesito de tu ser.

Los profetas tuvieron un papel importante al devolver a la luz el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio, en particular Oseas, Isaías, Jeremías. Asumiendo la unión del hombre y de la mujer como símbolo de la alianza entre Dios y su pueblo, como reflejo volvían a poner en primer plano los valores del amor mutuo, de la fidelidad y de la indisolubilidad que caracterizan la actitud de Dios hacia Israel.

A la luz de esta tradición profética hay que leer el Cantar de los Cantares. Éste representa un renacimiento de la visión del matrimonio como atracción recíproca, como eros, como encanto del hombre ante la mujer (en este caso, también la mujer ante el hombre).

La novedad de Jesús.

«Se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: ¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera? Él respondió: ‘¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra (Gn 1, 27), y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne (Gn 2, 24)? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre’» (Mt 19, 3-6).

Aquí se debe subrayar «la implícita fundación sacramental del matrimonio» presente en la respuesta de Jesús. Las palabras «Lo que Dios unió» dicen que el matrimonio no es una realidad puramente secular, fruto sólo de voluntad humana; en él hay una dimensión sacra que se remonta a la voluntad divina.

La elevación del matrimonio a «sacramento» no reposa, por lo tanto, sólo en el débil argumento de la presencia de Jesús en las bodas de Caná ni sobre el texto de Efesios 5; empieza, de alguna forma, con el Jesús terreno y forma parte también de su conducir las cosas al inicio. Juan Pablo II definía el matrimonio como «el sacramento más antiguo».

Las Cartas Pastorales, y especialmente la Carta a Tito, ofrecerán reglas detalladas para cada categoría de personas: las mujeres, los maridos, obispos y presbíteros, los ancianos, los jóvenes, las viudas, los dueños, los esclavos (cf. Tt 2, 1-9).

El autor de la Carta a Diogneto, en el siglo II, dice que los cristianos «se casan como todos y tienen hijos, pero no tiran a los recién nacidos; tienen en común la mesa, pero no el lecho» (V, 6-7). En sus Apologías, Justino traza un razonamiento que los cristianos de hoy deberíamos poder hacer nuestro en el diálogo con las autoridades políticas. Dice lo siguiente: «Vosotros, emperadores romanos, multiplicáis las leyes sobre la familia, pero se muestran ineficaces para frenar su disolución; venid a ver nuestras familias y os convenceréis de que los cristianos son vuestros mejores aliados en la reforma de la sociedad, no vuestros enemigos». Al final, después de tres siglos de persecución, el Imperio, como se sabe, acogió en la propia legislación el modelo cristiano de familia.

El Concilio Vaticano II reconoció como bien primario del matrimonio el mutuo amor y la ayuda entre los cónyuges.

Juan Pablo II, en una catequesis de los miércoles, decía: «El cuerpo humano, con su sexo, y su masculinidad y feminidad, … es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que encierra desde el principio el atributo esponsal, o bien, de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y, mediante este don, realiza el sentido mismo de su ser y existir».

El Papa Benedicto XVI va más allá, nos dice: el amor entre hombre y mujer se ilumina plenamente sólo a la luz del amor de Cristo crucificado. No existe amor que no sea amor por alguien; donde no hay más que un sujeto no puede haber amor, sino sólo egoísmo o narcisismo.

Y el Papa Francisco nos decía: «Cristo Señor ‘sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio’, y permanece con ellos… los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica». (Amoris Laetitia, 67).

Matrimonio fundamento de la familia.

La realidad del amor matrimonial entre un varón y una mujer, sellado públicamente con la voluntad de “definitividad”, abierto a la transmisión de la vida y a la educación de los hijos, ha sido constituida por Jesucristo en la Iglesia como un sacramento, como un signo de la nueva alianza. El matrimonio es el fundamento de la familia, constituida básicamente por los padres y sus hijos.

La “alianza” (un anillo) no es solo el signo permanente del amor mutuo que se prometieron públicamente los esposos, sino también el sello del amor de Dios prometido y otorgado a la pareja.

La alianza de Dios con la humanidad es una alianza perpetua, que no es aburrida por ser duradera, sino que está rebosante diariamente de vida, ya que viene de la fuerza del amor que es Dios. Cada uno de nosotros hemos sido amados personalmente por Dios y hemos sido creados por amor.

El amor a los enemigos es la forma más gratuita y desinteresada de amor y, por ello, la que más identifica con el Padre celestial (cf. Mt 5, 45). El amor de Dios es compasivo y sin medida, es un amor que rompe las leyes de la correspondencia.

El matrimonio es la estructura elemental e irremplazable sobre la que se funda la familia, donde la persona encuentra su lugar en el mundo, crece, madura, se procura y aporta bien a la sociedad. Se requiere aceptar al otro tal como es. Amar al otro como quisiéramos que fuera es, en el fondo, amarnos a nosotros mismos, o sea, egoísmo puro y duro.

Bodas del Cordero.

Dios se ha acercado a nosotros. Ha tomado la iniciativa y prosigue su camino hasta encontrarnos. Se hace uno de nosotros. Aproxima la cruz al mundo y despierta el amor, porque el amor todo lo cree, todo lo espera. Dios nos toma en serio.

Si sólo el amor es creíble, podemos deducir que sólo Dios es fiable; sólo Jesucristo nos ofrece la esperanza verdadera, más allá de las fronteras temporales. La Eucaristía que celebramos es Cristo que muere de nuevo y anticipamos el banquete de bodas del Cordero.

En la Eucaristía recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo, pero ¡Cristo también «recibe» nuestro cuerpo y nuestra sangre! Jesús, escribe san Hilario de Poitiers, asume la carne de quien asume la suya. Él nos dice: «Toma, esto es mi cuerpo», pero nosotros también podemos decirle: «Toma, esto es mi cuerpo».

Tratemos de entender las consecuencias de todo esto. En su vida terrena Jesús no tuvo todas las experiencias humanas posibles e imaginables. Para empezar, era un hombre, no una mujer: no vivió la condición de la mitad de la humanidad; no estaba casado, no experimentó lo que significa estar unido de por vida con otra criatura, tener hijos o, peor aún, perder hijos; murió joven, no conoció la vejez…

Pero ahora, gracias a la Eucaristía, tiene todas estas experiencias. Vive la condición femenina en las mujeres, la enfermedad en los enfermos, la ancianidad en los ancianos, la precariedad en el emigrante, el terror en el bombardeado… No hay nada en mi vida que no pertenezca a Cristo. Nadie debería decir: «¡Ah, Jesús no sabe lo que significa estar casado, ser mujer, haber perdido un hijo, estar enfermo, ser anciano, ser una persona de color!» Lo que Cristo no pudo vivir «según la carne», lo vive y «experimenta» ahora como resucitado «según el Espíritu», gracias a la comunión esponsal de la Misa.

Vivir la Misa como lo que es, como el Cielo en la tierra, será lo que nos abrirá las puertas de la Eternidad.

La solución para acabar con los problemas de la familia no es destruirla, sino acercarla a Dios, su Autor y Salvador, y a la Santa Iglesia, su espléndido y maternal modelo. Hay que difundir esta verdad por todo el orbe y la luz de Cristo empezará a brillar sobre las terribles crisis psicológicas, emocionales y morales que asolan a la humanidad; convénzanse las parejas católicas de la santidad de su estado, y en el mundo se crearán las condiciones necesarias para la instauración del reinado de Jesús y de María.