Por: Padre Omer Giraldo R. MXY, Misionero Javeriano de Yarumal y director del Instituto Misionero de Antropología, IMA
Ya es una larga tradición en nuestra Iglesia católica su invitación a renovar nuestra conciencia misionera durante el mes de OCTUBRE de cada año. Bien vale la pena recordar, de entrada, que el objetivo central de este mes misionero es que vivamos y asumamos que la Iglesia nació con la MISSIO AD GENTES, es decir, la Iglesia nació MISIONERA, hacia todas las gentes, hacia todos los pueblos, lenguas y culturas de la tierra. En otras palabras, desde sus orígenes, la Iglesia nunca ha dejado de proclamar el Evangelio de Jesucristo, como nos recuerda el libro de los Hechos de los apóstoles capítulo 1, verso 8: “Ustedes serán mis testigos desde Jerusalén, Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra”.
Por otra parte, durante este mes misionero recordamos y oramos con especialidad por quienes en la Iglesia han sentido y siguen sintiendo el llamado a ser misioneros, en el sentido específico del término, de vivir su vocación cristiana más allá de su entorno, más allá de sus fronteras geográficas y culturales. Como Misioneros Javeriano de Yarumal, comunidad misionera nacida en Colombia del corazón misionero de Mons. Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos de 1924 a 1971, doy testimonio de que esta es una vocación específica dentro de la diversidad de expresiones de la vocación cristiana, que por naturaleza es misionera. Desde mi adolescencia sentí este llamado a ser misionero en salida más allá de los entornos de mi parroquia y de mi diócesis. Así lo testificó el apóstol San Pablo, quien se consideró a si mismo como el último de los apóstoles, quien nos narra el haber sido destinado por el mismo Jesús Resucitado para anunciarlo a “los gentiles”. En el lenguaje bíblico de principios del cristianismo “la gentilidad” se entendía como todos los pueblos, culturas y naciones que estaban fuera del ámbito de Israel, el pueblo elegido. Mientras la mayoría de los apóstoles se quedaron en Jerusalén y sus alrededores, Pablo fue el primer enviado, junto con Bernabé, por la comunidad de Antioquía para recorrer todos los caminos del mundo conocido entonces. “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza”, nos recuerda el documento Ad gentes, # 2, del Concilio Vaticano II.
En este mismo mes conmemoramos el 12 de octubre, una fecha conocida tradicionalmente como el “Día de la Raza” y reconocida en nuestro país, Colombia, como el Día de la Diversidad Étnica y Cultural de la Nación Colombiana, que define mejor la forma como debemos comprender nuestra historia y, al mismo tiempo, reconocer a los pueblos indígenas, afrodescendientes, raizales, palenqueros, campesinos y demás comunidades que conforman nuestra nación como parte vital de nuestra identidad nacional. No podemos acercarnos al 12 de octubre desconociendo el dolor que acompañó el proceso de conquista y colonización de nuestro continente. Hubo sometimiento, despojo de territorios, esclavitud, destrucción de culturas y silenciamiento de lenguas y espiritualidades ancestrales. En algunos momentos, incluso la evangelización quedó mezclada con intereses políticos, económicos y colonizadores que no correspondían al verdadero mensaje de Jesucristo. Es por esto que la Iglesia, en nuestro momento actual, lee esta historia con humildad, reconoce los errores cometidos y aprende de ellos. Es obvio que muchos errores cometidos debemos analizarlos desde el horizonte de comprensión de la época, pero no justificarlos.
Aún así, en medio de tantas contradicciones, podemos leer una historia de la GRACIA DE DIOS que se abrió camino en el continente y particularmente en nuestro país. Aparecieron también muchos hombres y mujeres que, movidos por el Evangelio de Jesús, defendieron la dignidad de los pueblos originarios y de los africanos esclavizados. ¿Cómo no reconocer la inmensa obra de misioneros de la talla de Bartolomé de las Casas (dominico), Antonio de Montesino (dominico), Toribio de Benavente «Motolinía» (Franciscano), Vasco de Quiroga (Obispo) en Michoacán, México, Juan de Zumárraga (Franciscano) Primer arzobispo de México, Roque González de Santa Cruz (Jesuita) en el actual Paraguay, Argentina y Brasil y Pedro Claver (Jesuita) y Alonso de Sandoval (Jesuita) en Colombia, Rosa de Lima (Terciaria Dominica) en Perú, Martín de Porres (Dominico) en Perú ? Y con ellos, entre los más reconocidos, tantos misioneros y misioneras anónimos que comprendieron que anunciar a Jesucristo nunca puede justificar ningún atentado contra la dignidad de un ser humano.
En ningún momento de la historia de estos mas de 20 siglos de anuncio del Evangelio, su proclamación auténtica ha significado ir en contra de la defensa de la vida, la libertad o la dignidad humana. Esto nos lleva a preguntarnos como evangelizadores, en este presente de la historia y en el lugar y circunstancia donde cada uno realiza y vive su vocación especifica como discípulo misionero de Jesús: “Cómo vivo y cómo debemos vivir hoy la misión para no repetir las equivocaciones del pasado? Siento que este interrogante nos obliga a volver sobre ese gran acontecimiento de PENTECOSTÉS que le dio origen a la Iglesia, que ha perdurado, aún ya bien avanzado el siglo XXI, cuando muchísimas personas en aquel entonces, provenientes de diferentes pueblos del Medio Oriente, escucharon a los discípulos de Jesús y cada uno los comprendía en su propia lengua. Este hecho es inmensamente significativo, pues el Espíritu Santo no eliminó las lenguas, sino que, al contrario, hizo posible la comunión en medio de la diversidad. Es por esto que hoy más que nunca comprendemos, al interior de la Iglesia, y buscamos poner en práctica, la inculturación del Evangelio, no su imposición a la fuerza. Esto significa aprender a valor la unidad en medio de la diversidad, no de la uniformidad. Que nos quede absolutamente claro que el Evangelio no llega a ningún lugar para borrar las culturas y atropellar su dignidad, sino para reconocer “las semillas del Verbo” que Dios ha sembrado en ellas.
¿Cómo vivir mejor este MES MISIONERO? En este octubre misionero estamos llamados a una conversión sincera:
- Pasar de una misión que solamente habla, a una misión que también escucha;
- De una misión que pretende llevar respuestas preparadas, a una misión que sabe compartir las preguntas de los pueblos;
- De una misión centrada únicamente en actividades religiosas, a una misión comprometida con la dignidad humana, la educación, la justicia, la paz y el cuidado de la Casa Común.
Jesús no observó el sufrimiento desde lejos. Se acercó a los enfermos, escuchó a los excluidos, compartió la mesa con quienes eran rechazados y devolvió la esperanza a quienes habían sido invisibilizados. Ese sigue siendo el camino de toda misión verdaderamente cristiana.

