Por: Francisco León Oquendo Goez, Director de los Departamentos de Catequesis y Animación Bíblica

La Iglesia consagra el mes de septiembre a la Sagrada Escritura, itinerario que desemboca el día 30 en la memoria de san Jerónimo, el gran lector, traductor, apasionado y enamorado de la Palabra, de quien la constitución Dei Verbum recogió la sentencia que motiva la Animación Bíblica de la Pastoral: «el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo» (Comentario al libro de Isaías, prologo, PL 24, 17). Estamos en modo bibliembre y celebrar el mes de la Biblia no es solo rendir culto al Libro sagrado, sino reavivar el encuentro con una Persona, pues “la fe cristiana no es una religión del Libro, sino la religión de la Palabra de Dios, no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo” (Verbum Domini, 7). Pues bien, el lugar más connatural para ese encuentro es el hogar.

En la Revelación, Biblia y familia están en estrecha relación. El Papa Francisco constata al abrir Amoris laetitia: «La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia, pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9)» (AL, 8). La familia no es, pues, un tema entre otros de la Escritura, sino uno de sus hilos conductores, tendido entre el Génesis y el Apocalipsis.

Según la Biblia, el origen de la familia está en el designio creador de un Dios Trinidad que es comunión: el ser humano, varón y mujer, es creado a imagen de Dios (cf. Gn 1,26-27) y llamado a ser «una sola carne» (Gn 2,24), dando origen a la familia, a partir de su amor mutuo, bendecido por Dios, cuya expresión mejor y mayor es la fecundidad amorosa y el amor fecundo (Gn 1,28). Infinita dignidad, digna comunión, comunional amor, amorosa bendición, bendecida fecundidad, son aspectos que confluyen en la realidad complejamente bella y bellamente compleja que llamamos familia. “En el corazón de la vida divina está la comunión, el don absoluto” (Verbum Domini, 6) y la familia refleja en la tierra esta belleza, riqueza y grandeza celeste: “El Dios Trinidad es comunión de amor y la familia es su reflejo viviente” (Amoris Laetitia, 11).

Esta densidad teológica es la que Familiaris consortio elevó a principio: la familia es «íntima comunidad de vida y de amor» (FC,17), reflejo creado de la comunión trinitaria. Con esa mirada —escribe Francisco— «contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (Amoris Laetitia, 29).

A partir de ahí, la historia de la salvación avanza como una historia de familias. Las genealogías de los patriarcas, con sus alianzas y sus litigios; el drama de la casa de David; las tribulaciones y la fidelidad que recorren el libro de Tobías; y, en la plenitud de los tiempos, la Sagrada Familia de Nazaret, en la que el Verbo eterno quiso nacer, crecer y aprender. Jesús mismo entra en las casas —la de Pedro, la de Jairo, la de Lázaro, la de Zaqueo—, incorpora a las familias en sus parábolas e inaugura su vida pública en unas bodas, las de Caná. La familia es el escenario ordinario donde Dios se hace humano, cercano, hermano.

Junto a esta historia de familias corre, entretejida con ella, una imagen nupcial que da unidad a toda la Escritura. La alianza que Dios sella con su pueblo se dice con palabras de esponsales —«te desposaré conmigo para siempre» (Os 2,21)—; los profetas cantan a Jerusalén como esposa amada (cf. Is 54,5-8; 62,4-5); el Cantar de los Cantares eleva el amor conyugal a lenguaje de la relación con Dios; san Pablo lee la unión de los esposos como signo del misterio de Cristo y de la Iglesia —«este misterio es grande» (Ef 5,32)—; y el Apocalipsis clausura la revelación con las bodas del Cordero (cf. Ap 19,7-9; 21,2). Así, la familia no sólo aparece en la Biblia: le presta una de sus metáforas nucleares, la del amor esponsal entre Dios y la humanidad.

La Biblia mira a la familia como sede de la transmisión de la fe. «La Biblia considera también a la familia como la sede de la catequesis de los hijos», recuerda Amoris laetitia, y lo ilustra con el rito pascual, en el que el padre explica al hijo el sentido de la liberación (cf. Ex 12,26-27; Dt 6,20-25), y con el mandato del salmo: «lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron […] lo contaremos a la futura generación» (Sal 78,3-4) (AL, 16).  En la economía bíblica, la fe no se hereda por la sangre: se narra de padres a hijos. La familia es el santuario de la transmisión heredada y la herencia transmitida de la fe. Desde la historia de los patriarcas hasta el Nuevo Testamento, la fe es heredad valiosa, preciosa, grandiosa y hermosa que los padres legan a sus hijos: “evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice y sé que también ha arraigado en ti” (2Tim 1,5).

La familia y el lugar que habita es el ámbito de la Iglesia naciente, pues el Nuevo Testamento conoce «la iglesia que se reúne en la casa» (cf. 1 Co 16,19; Rm 16,5), de suerte que el espacio doméstico se transforma en iglesia doméstica. La familia es iglesia doméstica y la Iglesia es la familia de Dios (Ef 2,19). Ya en la Biblia se resalta que «la Iglesia es un bien para la familia y la familia es un bien para la Iglesia» (Amoris Laetitia, 87).

En la Biblia, la familia es el ámbito de la oración bendita y la bendición orante: «tu esposa, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa: esta es la bendición del hombre que teme al Señor» (Sal 128,3-4). Belleza fecunda, fecundidad vital, vitalidad amorosa, amor comunional, confluyen en el retrato de la felicidad paradisiaca y paraíso feliz que concretan la bendición divina: la mesa familiar donde se tejen palabras que aman, amor que abraza, abrazos que sonríen, sonrisas que vivifican. Alrededor de la mesa, la familia es símbolo de unidad armoniosa y armonía unitiva, unidad que San Agustín resalta en su comentario a este salmo, del cual el Papa León ha tomado su lema: “in illo uno unum” (Comentario a los Salmos, 127,3).

En la Biblia, la casa, el hogar, la familia es el espacio donde la Palabra es escuchada, leída, meditada, orada, vivida, como lo fue la casa de Nazaret. «Ante cada familia se presenta el icono de la familia de Nazaret» (Amoris laetitia, 30), con su cotidianidad hecha de trabajo, de silencio y también de prueba. Allí María «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51): la Madre que acoge, custodia y medita la Palabra ofrece la figura acabada de lo que toda familia está llamada a ser cuando la Escritura entra en su hogar.

“El Espíritu y la Esposa dicen: ven” (Ap 22,17). La Biblia se cierra como se abrió: con olor a amor esponsal, a calor de hogar, a amor familiar y familia amorosa. La familia habitada por el Espíritu es invitada a escuchar lo que el Espíritu dice en la Palabra inspirada, en la Sagrada Escritura, pues «del seno de las familias nace el futuro de los pueblos» (León XIV, Homilía del jubileo de las familias, 1 de junio de 2025).