Por: Pbro. Iván Marín, Delegado de pastoral educativa y Bíblica de la Diocésis de Sonsón-Rionegro

Es difícil, por no decir imposible, imaginar la Iglesia sin la Palabra de Dios. La lectura de La Palabra del Señor alimenta la Iglesia, la renueva con su interpretación y la eleva al “cielo de la contemplación” cuando es proclamada solemnemente en la Sagrada Liturgia de la Eucaristía.

Sí, el clímax de la liturgia de la Palabra es, por lo tanto, la proclamación de la Palabra de Dios. Cada Domingo se hace una primera lectura del Primer Testamento, se recita un precioso salmo seguido de una lectura tomada del Nuevo Testamento. Y así, la Iglesia, se prepara para la proclamación de uno de los cuatro Evangelios (de acuerdo al ciclo litúrgico). De este modo, antes de pasar al Pan Eucarístico, la comunidad cristiana “se embriaga” con el Pan de la Palabra. Los católicos que celebramos la misa, a diario escuchamos casi toda la Sagrada Escritura, a lo largo de tres años; esto sin mencionar los filones de “diamantes bíblicos” interpolados a lo largo y ancho de las oraciones de la Misa

No permitas que los no católicos te sigan reclamando que la Iglesia no lee la Biblia, y que ella no nos invita a ser “cristianos bíblicos”. La Iglesia respira la Palabra del Señor “por todos los poros”, ese es “su hábitat natural”. La Iglesia está convencida, más que cualquier otra institución religiosa que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra salida de la boca de Dios” (Mt: 4,4).

La Biblia brilla, de un modo singular, en la Sagrada Liturgia. San Pablo se expresa espléndidamente en la carta a los Romanos: “La fe viene por la escucha de la Palabra” (10,17).  Es bastante importante caer en la cuenta que ahí no dice “la fe viene por la lectura”. En los primeros siglos de la Iglesia, no existía la imprenta. La inmensa mayoría de los creyentes no tenía acceso a los evangelios manuscritos, para colmo mucha gente no sabía leer. De modo que la única manera de conocerlos era a través de la celebración Eucarística.

Durante la proclamación de la Palabra de Dios, hemos de estar con los ojos fijos en el Señor (Lc: 4,20) y con los oídos atentos al estilo del profeta Samuel “que no dejaba caer en tierra ni una sola palabra de Yhwh” (Sam: 3,19). Dichas actitudes son la preparación esencial y adecuada para nuestra comunión sagrada con Jesús, pan vivo y fuente de vida eterna.

En el siglo III, el Gran escriturista Orígenes, instaba a los cristianos a contemplar también la presencia de Cristo en el Evangelio, así como la solían contemplar en el pan eucarístico: “… Si eres tan cuidadoso para con el Cuerpo del Señor, y con toda razón, ¿Cómo piensas que es menos culpable haber descuidado la Palabra de Dios que haber descuidado su cuerpo?” (Sobre el Éxodo, 13,3).

El Concilio Vaticano II tomó muy en serio esta enseñanza y la propuso del siguiente modo: “La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo” (D.V. 21).

La Palabra de Dios nos prepara para la eucaristía, y ella misma, hace posible la Eucaristía; por eso mismo, el sacerdote que preside, en el momento de la consagración de las especies eucarísticas. no aparta sus ojos de la formula del misal, pues allí están consignadas las mismas palabras de Jesús pronunciadas por él aquel primer jueves santo: “esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre” (Mc: 14,22-24). Si la Iglesia confecciona la Eucaristía, es por el milagro de la Palabra de Dios.  ¿Qué objeción tienes?