Por: Francisco León Oquendo Goez, Director de los Departamentos de Catequesis y Animación Bíblica
Esperanza desafiante, desafíos esperanzadores para la Catequesis en Colombia
“Es el misterio y la esperanza de la vida futura lo que transmitimos”, escribió ese gran catequista que fue San Cirilo de Jerusalén (Precatequesis, 12) La esperanza pascual nace de una pascua esperanzadora: “Dios, mediante la resurrección de Jesucristo nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1Pe 1,3). Desde la pascua, la esperanza es la matriz que sostiene, contiene y mantiene los pasos vivos en una vida pasajera. A la luz de la esperanza, invito a continuar afianzando los pasos necesariamente urgentes y urgentemente necesarios en el mundo de la ABP y la Catequesis.
- Pasar de una Animación Bíblica de la Pastoral (ABP) relegada a los márgenes periféricos y periferias marginales, a una Animación Bíblica de la Evangelización (ABE) ubicada en el centro, como alma de todo el proceso evangelizador. El pueblo de Israel no hizo un camino sinodal sin palabra, es más, según Deuteronomio 8,3, un objetivo de la vida aleccionadora del caminar por el desierto fue aprender una lección vital: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Si no concedemos centralidad prioritaria y prioridad central a la ABE tendremos acciones pastorales que no hablan, pues como escribió san Agustín: “La voz sin la palabra, golpea el oído, pero no edifica el corazón” (“vox sine verbo aurem pulsat, cor non aedificat”: Sermón 293,3). “La Iglesia se funda sobre la Palabra de Dios, nace y vive de ella” (VD 3). Urge acrecentar en Colombia la ministerialidad al servicio de la ABE. Como son numerosos nuestros catequistas, numerosos deberían ser quienes sirven en la ABE.
- Pasar de una catequesis con pobre presencia de la Palabra de Dios a una catequesis que tiene como alma a la Palabra de Dios. Como modelos de catequesis suelen tomarse el paso del eunuco de Candace (Hch 8,26-40) y el paso de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En ambos, el alma de la catequesis es la Palabra. Una catequesis sin Palabra de Dios no habla: necesitamos curarla de su mudez sorda y sordera muda. Sin palabra meditada, orada y contemplada, no habrá palabra anunciada. Si la Palabra no es el centro y alma de la catequesis, esta será una catequesis desenfocada, descentrada, desanimada y desalmada. En tiempos de deserción nos quedamos donde hay palabras de amorosa atracción: “¿a dónde vamos a ir, si solo tú tienes palabras de vida eterna?” (Jn 6,68).
- De una catequesis separada del proceso evangelizador a una catequesis como etapa privilegiada del proceso evangelizador (DC, 56). Una catequesis al servicio de la nueva evangelización y por ello en salida misionera, en el signo de la misericordia y como laboratorio de diálogo, como lo pide el Directorio (48-54). “Evangelizar no es para mí motivo de orgullo, ha sido puesta sobre mí como una necesidad y hay de mí si no anuncio el evangelio” (1Cor 9,16). La evangelización es identidad final, finalidad feliz, felicidad prioritaria, prioridad identitaria de la Iglesia y no ha de ser diverso para la Catequesis. Catequesis evangelizadora, evangelización catequizadora, porque “no hubo un solo justo que no anunciara en figura al Redentor” (San Gregorio Magno, Libros Morales, prefacio, 14) y la catequesis es el ámbito donde el evangelio suena y resuena.
- De una catequesis débilmente kerigmática a una catequesis potentemente kerigmática. Somos una Iglesia kerigmática y carismática, carismáticamente kerigmática y kerigmáticamente carismática. Todo carisma al servicio del kerigma, como en Pentecostés. Sin kerigma no hay nada para hacer resonar y nada para profundizar. “La leche es el kerigma derramado con profusión y el alimento sólido es la fe que se convierte en firme fundamento por la catequesis” (Clemente de Alejandría, Ped I,38,1). El Directorio propone ya el kerigma, no como etapa previa, sino como dimensión constitutiva de cada momento de Catequesis (57). “Anunciar para el Señor sea como vivir para el Señor”, escribió San Agustín, (Sit Domino annuntiare, sicut est Domino vivire: Carta 140,29,70). La vida anuncia donde el anuncio es vivo.
- De una catequesis casi exclusivamente pre-sacramental a una catequesis al servicio de la Iniciación cristiana y la maduración en la vida cristiana. Desde algunos lugares de la sociología se critica a la Iglesia diciendo que es una institución que ya no instituye. Se nos ha oxidado la habilidad que más nos distinguía, el arte de hacer cristianos o, decimos hoy, de hacer discípulos misioneros. “Los cristianos no nacen, se hacen” escribió Tertuliano (Fiunt, non nascuntur christiani”: Apologeticum XVIII, 4). Hay que volver a itinerarios de Iniciación cristiana capaces de hacer cristianos, capaces de formar discípulos misioneros que caminen juntos como Iglesia sinodal. El Documento final del Sínodo nos regalado una definición sugestiva y provocativa: “La Iniciación cristiana es el itinerario a través del cual el Señor, por el ministerio de la Iglesia y el don del Espíritu, nos introduce en la fe pascual y en la comunión trinitaria y eclesial” (DFSS, 24).
- De una catequesis para algunos (niños y adolescentes) a una catequesis para todos. La catequesis ha de acompañar los procesos de maduración en la vida cristiana. Es la infancia espiritual la que nos convence de que quien no crece, decrece. La meta que pone la palabra en Ef 4,13 es alta, ¿crecer hasta dónde?: “hasta la medida de la madurez plena de Cristo”. Una catequesis adulta para adultos catequizandos, por adultos catequizadores. Procesos largos, pues lo que no dura, ni perdura, no madura. El discipulado termina con la muerte: “Entonces seré verdaderamente discípulo, cuando el mundo no verá mi cuerpo (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 4,2).
- De una catequesis con inspiración escolar a una catequesis con inspiración catecumenal. Nuestros catequizandos no permanenecen allí donde nunca entraron y no entraron, porque no fueron sacados de ninguna parte, ni vivieron ninguna etapa de transición o etapa liminar. Conviene preguntarnos de dónde queremos sacarlos, hacia dónde queremos llevarlos y, sobre todo, a través de cual transición o etapa liminar, con sus características propias de purificación iluminadora e iluminación purificadora. Sin transición no hay defección o deserción del mundo y tampoco inserción o adhesión a la Iglesia. Sin la etapa liminar, no se puede eliminar lo malo, ni iluminar lo bueno; sin transición no hay paso y sin paso no pasa nada, nada avanza y nada alcanza. Esto implica una fuerte dimensión comunitaria, koinonía pura y dura, pues para quedarse se necesita una comunidad dónde anclarse. Es en la comunidad donde el amor rescata la diferencia, la diferencia genera la preferencia, la preferencia la deferencia, la deferencia la pertenencia y la pertenencia la permanencia.
- De una catequesis tejida de lecciones impartidas a una catequesis tejida de experiencias compartidas. Una catequesis hecha no tanto de lecciones instructoras, cuanto de experiencias transformadoras. Una catequesis que “proponga experiencias concretas y cualificadas” (DC, 262). Una catequesis colma de experiencias, entendidas como vivencias transformadoras, precisamente porque son vivencias elaboradas, reflexionadas, sedimentadas. “Sólo una catequesis que procede de la información religiosa al acompañamiento y la experiencia de Dios, será capaz de ofrecer un sentido. La transmisión de la fe se basa en experiencias auténticas que no hay que confundir con experimentos: la experiencia transforma y ofrece claves interpretativas de la vida, mientras que el experimento se reproduce sólo de manera mecánica” (DC, 371).
- De una catequesis sin estilo sinodal a una catequesis con estilo sinodal. Una sinodalidad catequizadora y catequesis sinodal. Sinodalidad catequizadora, porque la catequesis es corresponsabilidad de un pueblo en camino; catequesis sinodal, porque en la catequesis se forma para la belleza de la comunión, la riqueza de la participación y la grandeza de la misión. La catequesis ha de formar para tres actitudes sinodales: escucha, el discernimiento y la decisión; para las tres conversiones sinodales: conversión de las relaciones, los procesos y los vínculos; se aprende la sinodalidad en sus tres dimensiones: comunitaria, colegial y personal. Se educa para las tres formas de participación: discernimiento comunitario, toma de decisiones y rendición de cuentas.
- De una catequesis como aleccionamiento a una catequesis como acompañamiento. En el camino de Emaús, el Resucitado catequista no propone un aula, ni un curso intensivo. Propone un acompañamiento incisivo y decisivo hecho de presencia escuchadora, escucha dialogadora, diálogo anunciador, anuncio esperanzador, esperanza eucaristizada, eucaristía comunitaria, comunidad misionera, misión evangelizadora. “El catequista es un experto en el arte del acompañamiento” (DC, 113), llamado a ofrecer acompañamiento amoroso y amor acompañador al mayor capital que tenemos: nuestros catequizandos. Cuidado culto, cultura del cuidado, para que transmita una de las mejores experiencias de la vida cristiana: que Jesús no engaña, no regaña, contra ti no se ensaña, sino que acompaña, convierte tu vida en una hazaña, te extraña y quien te diga lo contrario te dice una patraña.
El doctamente santo y santamente docto San Agustín, escribe: “porque este nombre, según tu misericordia, Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, lo había bebido piadosamente mi tierno corazón ya con la misma leche de mi madre” (Confesiones III, 4,8), Testimoniaba que Santa Mónica fue para él, acompañante de tacto, contacto e impacto.

