Por: Pbro. Martín Alonso Arias, Sacerdote de la Arquidiócesis de Medellín.

En alguna ocasión con seguridad, cuando a cada uno de los lectores les han preguntado por la definición de familia, se han remitido al articulo 5 de la Constitución Política de Colombia de 1991, que reza, es la “institución básica de la sociedad.” (Constitución Política de Colombia, art. 5, 1991) Previo a esta definición dentro del mismo artículo, la carta magna promulga que, a esta institución básica o núcleo fundante de la vida en sociedad, en la identidad de cada uno de sus miembros, les será reconocido “(…) la primacía de los derechos inalienables de la persona” (Constitución Política de Colombia, art. 5, 1991), que en un concepto más específico, se refiere a la dignidad.

La dignidad como concepto, hace referencia al valor intrínseco, inherente e irrenunciable que tiene cada ser humano por el mero hecho de pertenecer a la especie. (Organización de las Naciones Unidas, 1948, art. 3) El valor de la dignidad no depende de rasgos, comportamientos, creencias, antecedentes, pertenencia étnica ni posesiones materiales. ¿Es ser humano?, tiene dignidad. La dignidad es el vehículo que permite no solo la igualdad entre los miembros de la especie, sino también que genera unos mecanismos de protección. La dignidad como valor, eleva al ser humano a la categoría de persona.

Algunas corrientes de la bioética como el utilitarismo, afirma que no todo ser humano por el hecho de pertenecer biológicamente a la especie es persona, y por tanto, poseedor de dignidad. Para estos efectos, el embrión humano por no manifestar atributos de razonamiento cognitivo, o el convaleciente en estado de coma luego de un accidente por no poder manifestar su voluntad, no son personas, por tanto no tienen dignidad, y puede hacerse uso de ellos en función del bien común. En contravía están los postulados de la bioética personalista, la cual reconoce que todos ser humano desde la concepción misma no es persona en potencia, sino en acto, pues ya es una realidad, e independiente de la etapa del desarrollo en la que se encuentre, es persona, y por tanto, debe ser protegida.

Esta introducción tiene como propósito hacer ver que por medio de una incursión narrativa y de aceptación social de la variabilidad y condicionalidad de la categoría de persona, y por tanto, de valor por medio de la dignidad, la familia de hoy enfrenta avances, técnicas y reglamentaciones, que ponen en riesgo su preservación, en forma y esencia.

La posibilidad de que una pareja que planea concebir un hijo, antes de iniciar un proceso psicológico e interno que los prepare de manera adecuada para un rol de cuidado y orientación para una nueva vida que darán a luz, ahora puedan acudir a un laboratorio donde por medio de la extracción de ovarios y semen donado, producen embriones y una vez obtenidos, realizar un estudio genético para determinar cuáles características físicas, patológicas e intelectuales desarrollará cada uno, y poder elegir cual se implanta dentro del útero y cual se desecha, en función de “cual es mejor”. A esto se le conoce como la posibilidad de obtener hijos a la carta. Adicional, la utilización de métodos de diagnóstico prenatal para determinar las características que finalmente un embrión expresó, y aún siendo compatible con la vida, elegir eliminarlo con el argumento de “no estar preparados para cuidar a un niño especial”. La categorización de “hijos” a miembros de especies diferentes a los humanos, como se evidencia día a día con los animales domésticos, a los cuales se les adjudican características propias del comportamiento y costumbres humanas, para tratarlos como “bebés permanentes”, priorizándolos en ciertos espacios por encima de las mismas personas.

Quitarle la categoría de persona y desconocer la dignidad de los seres humanos para seleccionarlos en función de sus rasgos físicos, patologías o desarrollo intelectual, determinando su “utilidad” dentro del constructo social, y asignándosela por ejemplo a los animales, son retos que posiblemente no hayamos reconocido en el medio actual, y por los cuales la familia se ve en constante peligro, al sufrir modificaciones como se mencionó, de esencia. La familia, por su misma naturaleza, es el reflejo de lo que se es como sociedad. Si se abre la posibilidad a que los padres elijan a la carta las características de un hijo, que por naturaleza es producto de la recombinación de los genes, que despierta sentimientos de acogida, cuidado y amor frente a la incertidumbre de un ser humano que no se conoce, se rompe de manera necesaria los lazos de cuidado y apoyo incondicional que se da en el seno familiar. Además, al poder elegir a la carta a los descendientes, aquellos que son elegidos efectuarán con seguridad este mismo patrón como comportamiento social, dotando de valor y dignidad solo a aquellos que consideren por características, mas no por el hecho de ser humano, e inclusive, priorizar la asignación del valor de dignidad a los animales, antes que a las personas.

No es un llamado al rechazo de técnicas de reproducción asistida, aceptadas por la Iglesia, que han servido a tantas parejas para ser padres frente a situaciones de infertilidad, ni a los exámenes realizados dentro del curso del cuidado prenatal, ni mucho menos al maltrato y abandono de los animales domésticos. Por el contrario, la descripción de las situaciones descritas debe levarnos a reflexionar acerca del valor, y por tanto el cuidado, que estamos teniendo con aquellos que son nuestros pares, y por tanto, el cuidado que estamos teniendo con el constructo familiar. Ser selectivos para dotar de dignidad a las personas, erosiona las relaciones sociales, convirtiéndonos en una sociedad agresiva, o en términos del Papa Francisco, una sociedad del descarte. La familia, frente a la crisis de la dignidad humana (Cfr. Magnifica Humanitas del Papa León XIV nums. 50 – 53), debe ser foco de resistencia frente a la tecnificación para el descarte (Cfr. Magnifica Humanitas del Papa León XIV nums. 92 y 94), acogiendo y promoviendo la tecnificación para el cuidado de los más débiles; La familia debe ser el foco de resistencia frente a la cultura del descarte (Cfr. Magnifica Humanitas del Papa León XIV nums. 165 – 169), acogiendo a cada uno de sus miembros con el mismo amor y paciencia en medio de sus diferencias, dándoles el lugar que corresponde dentro del grupo, y así mismo, ordenar la convivencia con miembros de otras especies que merecen cuidado y atención (Cfr. Magnifica Humanitas del Papa León XIV num. 237), pero nunca en términos de dignidad ontológica ni categorización de personas, sino por el solo hecho de ser una vida.