Por: Fray Luis Santiago González Muñoz, OFM

Se hallaba san Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho más san Francisco. Un día, al volver san Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

-¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?

-¿Qué quieres decir con eso? – repuso san Francisco.

Y el hermano Maseo:

-Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pelean por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?

Al oír esto, san Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo:

– ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, el honor, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de creatura alguna, proviene toda virtud y todo bien.

El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad (Flor X).

Ochocientos años después de su muerte, san Francisco continúa estando presente. Su figura no ha dejado de atraer y fascinar, de interpelar e inquietar, de iluminar y orientar. El pobrecillo de Asís no ha dejado de impartir lecciones de auténtica sabiduría; el que no sobresalía por la ciencia se ha convertido en maestro de doctos y sabios.

Hoy también nosotros, al igual que el hermano Maseo, podemos dirigir nuestra mirada a san Francisco y preguntarle: ¿por qué a ti? ¿por qué a ti? ¿por qué a ti?

Y el santo nos dirá que es la gracia de Dios la que ha hecho de él un paradigma, no solo para la cristiandad, sino también para todos aquellos que, con corazón noble y sencillo,  buscan caminos de paz, reconciliación y fraternidad. En efecto, después de veinticinco años de vida mediocre y soñadora, centrada en la búsqueda de alegrías y éxitos mundanos, Francisco se abrió a la gracia de Dios, volvió a entrar en sí mismo y gradualmente reconoció en Cristo el ideal de su vida.

En San Francisco se materializan las palabras del apóstol Pablo: “tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la sobrepujanza de la virtud sea de Dios, y no de nosotros” (2 Cor 4, 7). Todo afán de enaltecer su figura por sí misma, sin destacar la operación de Dios, sin referirse a aquel de quien es copia, sería un error y un despropósito. Francisco rechazó todo protagonismo porque para él nada tenía sentido sino vivir de Cristo y para Cristo. La grandeza de Francisco radica en que es un faro que apunta el camino hacia el Padre, es un testigo que da testimonio de lo que ha recibido, es eco de la Palabra, es reflejo del que es luz.

Hemos dicho que la figura de Francisco de Asís constituye una fuente de inspiración y un signo profético para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En este contexto, el pensamiento franciscano ofrece a la sociedad colombiana la hospitalidad como una respuesta particularmente adecuada a los retos que enfrenta en la actualidad. Una presencia dialogante, junto con la apertura al otro, a los demás y a la creación, constituye una base sólida para construir un futuro de esperanza, reconciliación, convivencia pacífica y fraternidad.

Creemos que el mayor reto que hoy enfrenta la nación es la marcada polarización entre izquierdas y derechas. La polarización no consiste únicamente en la existencia de opiniones políticas distintas. Una sociedad democrática necesita el pluralismo. El problema aparece cuando el adversario deja de ser considerado un interlocutor legítimo y pasa a ser percibido como una amenaza o un enemigo. En ese momento desaparece el diálogo y se instala la lógica de la exclusión. La polarización no solo crea bandos políticos, sino que destruye los lazos de fraternidad, impide reconocer la dignidad del otro e imposibilita el encuentro.

Cuando hablamos de hospitalidad hacemos referencia a la palabra griega ethos que significa residencia, morada, lugar donde se habita. El Franciscanismo intenta construir una propuesta acogedora para todos los hombres. Sus valores buscan crear un ambiente hospitalario en el que todos puedan vivir en paz consigo mismos, con los demás, con Dios y con la creación.

Inspirados en San Francisco, proponemos a todos los colombianos una ética de la hospitalidad como respuesta a los retos sociopolíticos de nuestro país. Esta hospitalidad se caracteriza porque se ofrece, se dona al otro antes incluso que este se presente, aun a pesar de pertenecer a otro color político. El anfitrión abre su casa al que llega, le deja entrar, le concede un lugar, sin que necesariamente el invitado tenga que aceptar los términos de un pacto. Quién acoge no ejerce ningún poder sobre el hospedado, no se comporta como jefe de casa, a pesar de que podría hacerlo con todo derecho. Esta ética de la hospitalidad hará de Colombia una tierra de acogida para todos, una casa en la que todos podremos habitar como hermanos, dejando en la acera los prejuicios políticos o ideológicos.