Por: Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez. Sacerdote Diócesis de Pereira.

Me remonto a mis años de niño. El día del Corpus Christi era una fiesta. Nuestros padres nos vestían de blanco; en la escuela era obligatorio desfilar con una profunda fe y convicción en Jesús Sacramentado. La imponencia de los altares en las cuatro esquinas del pueblo, la elegancia de los sacerdotes debidamente ataviados con sus atuendos litúrgicos, grandes capas y un velo humeral; y unos señores elegantemente vestidos que llevaban una tela dorada que cubría el centro y motivo de la procesión: una custodia amarilla, que simulaba oro o que simplemente era de oro, y contenía en su interior el signo más importante para un cristiano católico: la Hostia Santa, el Santísimo Sacramento del altar.

Delante de tan tremendo y majestuoso paso iban varios acólitos: unos con sus campanas, otros con incienso. Caminaban hacia atrás —sin caerse— e iban incensando la Hostia Santa que, llevada por el sacerdote, era mostrada a toda la población. Lo más lindo era ver cómo los fieles, apostados a lado y lado de las aceras, al paso de Cristo Eucaristía, caían de rodillas y exclamaban: «Sea para siempre bendito y alabado». Una muestra gigantesca de amor y de fe. Todo en silencio; solo el repique de campanillas anunciaba que ya estaba cerca y que pasaría Jesús Sacramentado.

Nosotros, los niños de las escuelas y los jóvenes de los colegios, ondeábamos banderas blancas y, en un silencio casi sepulcral, inclinábamos las cabezas para reverenciar el paso solemne y ritual de la custodia que sostenía el Pan de la Vida. En cada altar, los sacerdotes lo depositaban en un bello arreglo hecho con amor por las señoras devotas y las familias de fe. Muchas flores, muchas guirnaldas, una alfombra y un reclinatorio donde el sacerdote se ponía de rodillas en adoración y pronunciaba: «Bendito, alabado y adorado sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar».

Todo era silencio y adoración. El pueblo se ponía también de rodillas, sin importar cuán empinada fuera la calle. En unos y otros se trataba solamente de reconocer que en esa custodia se encontraba, preso de amor, el Jesús que un día, en la Última Cena, nos dijo: «Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre; háganlo siempre en memoria mía». Cada altar era una petición, un ruego nacido del alma, una confianza y una fe en Aquel que todo lo puede y todo lo hace: Jesucristo, Dios y Señor nuestro. Los negocios apagaban su música; los locales y tiendas cerraban sus puertas a media ala; los balcones arrojaban pétalos de rosa al paso de la Custodia Santa; y los fieles se persignaban devotamente, plenamente convencidos del paso del Rey de Reyes ante sus ojos.

Al finalizar la procesión por el parque, una banda musical entonaba notas alusivas al momento, con cantos eucarísticos que hacían aún más solemne la celebración. Los sacerdotes, llegados al final, alzaban la custodia y bendecían en un riguroso silencio, acompañado únicamente por el sonido de la campanilla y el choque de las cadenas del incensario rojo y encendido. Entonces resonaba un fervoroso: «Adoro te devote; te adoro, te adoro, te adoro en tu grandeza y poder. Oh, Hostia Santa de Cristo, mi Santísimo Sacramento del altar». Eso precisamente celebramos este mes en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Eso que ahora parece sacado del recuerdo y de las añoranzas, pero que debe revivirse en la mente y en el corazón de todo buen cristiano católico y acompañarse allí donde un sacerdote y un pueblo fiel sepan que hoy es un día para decir: «Sea para siempre, oh Hostia Santa de Cristo, bendita y alabada». Amén.