Por: Pbro. Abel Ocampo Higuita. Rector IAUR
El Catecismo de la Iglesia Católica, al explicar el dogma de la Santísima Trinidad, deja claro lo que significa afirmar que la Trinidad es una, que las personas divinas son distintas y relativas entre sí.
La Trinidad es una porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten la misma esencia, sustancia o naturaleza divina, de tal manera que: “el Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza” cf. CEC 253. El Dios de nuestra fe es un solo Dios en tres personas: “La Trinidad consustancial” (cf. DS 421).
Son distintos porque: “el que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo” (cf. CEC 254; DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: “el Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede” (DS 804).
Son relativas porque: “el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos” (CEC 255). No puede existir un hijo sin padre (que lo engendre), ni un padre sin hijo (que lo haga padre). La paternidad reclama la filiación y la filiación reclama la paternidad.
En estas precisiones del Catecismo de la Iglesia Católica queda recogida la unidad de la Trinidad en la diversidad de las personas; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, son un solo Dios – no tres dioses – en eterna unidad, pero distintos en personalidad; de esta manera, la fe en el Dios Uno y Trino definida y recogida en el credo Niceno-Constantinopolitano del año 381, es el referente y modelo de toda relación humana.
Por tanto, decir que la Trinidad es un misterio, es decir la verdad. Sin embargo, decir que la Trinidad es un misterio incomprensible no lo es; en realidad la Trinidad es un misterio que ha sido revelado[1] en la economía de la salvación, y precisamente porque ha sido revelado es comprensible, al menos en parte, es decir, en tanto en cuanto el hombre, movido por la gracia y dócil a la acción del Espíritu de Dios, se disponga para confesar el señorío de Dios (cf. 1 Cor 12,3).
El hombre puede decir algo de Dios, porque Dios ha dicho todo del hombre en la revelación del auténtico y verdadero hombre[2], Jesucristo, acontecimiento histórico-salvífico que tuvo lugar en la Encarnación del Verbo (cf. Jn 1,14). En este acontecimiento, el misterio de Dios es revelado y el hombre puede decir algo de lo que Dios es; claro está que es más lo que no puede decir, que lo que en efecto dice. El apóstol san Juan es claro cuando escribe que: “a Dios nadie lo ha visto, el Hijo unigénito que está en el seno del Padre nos lo ha dado a conocer” Jn 1,18; y san Pablo deja claro que fue el Hijo – primogénito de toda la creación – quien hizo visible lo invisible de Dios (cf Col 1,15), además dice que: “nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2, 11). El Dios eterno al devenir carne y al asumir historia, realidades propias del hombre, permite su cognoscibilidad en tanto se mantiene misterio; el hombre puede decir de Dios lo que Dios mismo ha revelado en el Hijo y el Espíritu Santo, que según San Ireneo de Lyon: “son las dos manos de Dios[3]”.
La misión del Hijo y del Espíritu Santo en la historia revela la vida íntima de Dios, es decir, lo que Dios es y vive en la comunidad intra-trinitaria -comunión eterna – es lo que comunica en el Hijo y en el Espíritu Santo. Dios en su Hijo y en el Espíritu Santo no revela algo que no sea suyo, algo que no sea él; al contrario, revela todo de sí; solo en el Dios revelado, el hombre puede encontrar la razón de lo que es, pero sobre todo de lo que está llamado a ser: “participar de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4b).
La revelación del Dios trino en el Hijo y en el Espíritu Santo, en el tiempo, da razón de que Dios no es irracional o incomprensible, sino que es un ser que puede ser pensado, más aún, que debe ser pensado, porque: “no actuar según la razón es contrario a la naturaleza divina”, escribió el papa Benedicto XVI en el famoso discurso en Ratisbona[4]. Dios en cuanto Logos revelado, exige en sí mismo ser pensado, estudiado y entendido; salvando siempre – claro está – la diferencia real y ontológica de quien conoce en relación de quien es conocido.
El misterio de la unidad-comunión del Dios que se revela en la diversidad de las personas debe ser, como indique más arriba, el fundamento de toda relación humana. En este sentido, la Trinidad no es una verdad abstracta ni un concepto lejano. Es el fundamento mismo de toda auténtica comunión humana. Allí donde la unidad respeta la diversidad, donde la diferencia no divide, sino que enriquece, se hace visible, aunque sea de manera imperfecta, el misterio del Dios Uno y Trino.
Solo la unidad que da espacio a la diversidad es auténtica unidad. La unidad que no es diversa es uniformidad, es casi imposición ideológica y no proviene de Dios. Decir y entender esto – y vivirlo – es la condición de posibilidad para respetar y aceptar a los demás como son: en su manera de pensar, de actuar, sus gustos, sus expresiones, etc.
El acontecimiento de Pentecostés, que por gracia de Dios acabamos de celebrar, nos recordó exactamente lo mismo. El Espíritu Santo, unidad entre el Padre y el Hijo, no solo es diverso de las otras dos personas de la Trinidad, sino que, derramó a los discípulos y a la Iglesia naciente, diversidad de dones y carismas para que los hicieran presentes en el mundo en la diversidad de las lenguas, culturas y naciones (Cf. Hch 2,1-13). De esta manera y en este contexto nació la Iglesia Católica: una, única pero diversa.
El apóstol San Pablo también advierte sobre la necesidad sentida de esta unidad diversa de la que venimos hablando y que tiene en la Santísima Trinidad su fundamento. Sirviéndose de la imagen del cuerpo, escribe en la 1 Cor 12, 12-30 – seguramente para hacer frente a las dificultades de división en esa comunidad -: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros de cuerpo, no obstante, su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo” …
La analogía paulina expresa con profundidad que la verdadera unidad no elimina la diferencia, sino que la supone y la armoniza. Cada miembro posee una función propia e irrepetible; sin embargo, ninguno existe aislado ni puede atribuirse autosuficiencia. Del mismo modo, la Iglesia, fundada en el misterio de la comunión trinitaria, está llamada a vivir una unidad que integre la diversidad de dones, ministerios y carismas suscitados por el Espíritu Santo.
Que el Dios Uno y Trino, misterio eterno de comunión, nos ayude a vivir verdaderamente como hermanos, aceptándonos en nuestras diferencias y reconociendo en la diversidad una riqueza y no una amenaza. Que nos libre de toda imposición arbitraria, de toda forma de uniformidad que desconozca la dignidad y singularidad del otro. Que bendiga también a nuestra patria, tan necesitada de aprender a escuchar y aceptar el pensamiento diverso y la postura contraria, para que algún día podamos vivir en una paz auténtica, fundada no en la imposición, sino en la verdad, la justicia y la comunión.
[1] Col 1,26-27; Ef 3,5.9; Rom 16, 25-26.
[2] Cf. GS, 22.
[3] Adversus Haereses (Contra las herejías), Libro IV, capítulo 20, 1.
[4] Septiembre 12 de 2006.

