Por: Hna. Gladys Andrea Rojas, Hermanas del Famulato Cristiano.

En el lenguaje humano, la palabra familia ocupa un espacio importante, ya que nos vincula directamente con personas que conocemos y amamos. Todos venimos y hacemos parte de una familia. Si viéramos la familia no solo desde el lenguaje humano, sino que trascendiéramos y la contempláramos desde un Plan Divino de Salvación que Dios ha pensado para la humanidad, ¿qué diríamos? ¿Qué ha pretendido Dios con la institución de la familia en el mundo? ¿Qué sentido tiene hacer parte de una familia? Serían muchos los interrogantes que surgirían a partir de esta visión, y asombrarnos de las respuestas que podríamos dar nosotros mismos, sin tantos conceptos antropológicos o teológicos, porque sencillamente el ideal familiar estaría inscrito en el corazón del hombre, y el deseo más profundo es hallarnos en una de ellas, donde el amor sea el vínculo principal, el respeto el fundamento diario y el perdón la conexión auténtica.

Si quisiéramos buscar un principio a la familia, podríamos acercarnos al misterio del amor Trinitario, una verdadera y real comunión de amor recíproco, donde en un ir y venir de entrega y donación, se da vida. Es así el Amor que une, transforma y fecunda. Por este motivo, la Relación Trinitaria se convierte en referente para nuestras propias familias, porque descubrimos a un Padre que da vida con su soplo Divino, un Espíritu que sostiene en el tiempo la obra del Padre y un Hijo que, en la entrega generosa y voluntaria de sí mismo, se dona para renovar la obra inicial del Padre. Este misterio de amor se encarna plenamente en el Hijo, quien nos enseñó el camino de la caridad y la misericordia con los demás. Su testimonio de vida nos ha hecho más humanos; las páginas del Evangelio nos muestran a un Jesús que se abaja para entender y acompañar nuestra fragilidad humana, redimirla y reconstruirla en el Amor del Padre.

Solo en el amor de Cristo podremos tener familias más humanas, humildes, sencillas y unidas; su amor redime y transforma nuestras debilidades, convirtiéndolas en una nueva oportunidad para renacer, mejorar y buscar la santidad.

Todos queremos familias más humanizadas, realmente compasivas, alegres, capaces de educar y transformar vidas; arriesguémonos entonces a ser personas contemplativas de la vida de Cristo, que, al encontrarnos con ese Jesús que nació y creció en la familia de Nazareth, nos identifiquemos y surja el deseo de amar, defender y cuidar la familia.

Un modo particular para crecer en el amor a Dios y a los demás es el servicio, esa capacidad de entrega desinteresada hacia los demás, con un único motivo: ¡Para la gloria de Dios!

En el servicio podemos descubrir un camino para ser santos, como lo expresaba de modo tan particular un sacerdote de la Diócesis de Turín, el Venerable Padre Adolfo Barberis, fundador de las Hermanas del Famulato Cristiano, quien vivió años difíciles en su hogar, pero nunca se desanimó en su ideal de hacerse santo en su familia y ser puente para que otros vivieran al estilo de Cristo y alcanzaran el gozo pleno de ser familias santas, como protagonistas de un plan Divino.

El Padre Adolfo descubrió el camino para amar mejor en su familia: el servicio, con un único motivo: “Servir en cada persona a Jesús, llevar en cada servicio a Jesús”.