Por: Mons. Orlando Antonio Corrales García, Arzobispo Emérito de Santa Fe de Antioquia
El IV Domingo de Pascua celebramos cada año en la liturgia el llamado Domingo del Buen Pastor, que tendremos el próximo domingo 26 de Abril. Por este motivo, he querido reflexionar sobre este tema tan querido por todos nosotros los sacerdotes. De ahí el título que le he dado, pues me parece oportuno que nos preguntemos cada uno de nosotros con toda sinceridad, si realmente me parezco o no a Jesús, el Buen Pastor.
Los principales rasgos del Buen Pastor los tenemos en el capítulo 10 del Evangelio de San Juan, pero, además, los podemos observar en las palabras y enseñanzas del Maestro y muy especialmente en sus actitudes y comportamientos ante las personas. Sin pretender ser exhaustivo quiero señalar algunos rasgos de Jesús durante su vida que hemos de tener muy presentes y son los que delinean la personalidad de Jesús.
En San Juan 10 destaco especialmente sus mismas palabras: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (v. 11) y un poco más adelante: «Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí» (v. 14). Son dos rasgos muy importantes: dar la vida, entregarse, sacrificarse por los que nos han sido confiados por Dios mismo y el conocimiento de esas personas: esto exige dedicar tiempo a escuchar, a visitar los hogares, las familias.
En otros pasajes de los Evangelios captamos otros rasgos: cercanía y acogida de Jesús a los enfermos, a los que son juzgados pecadores y por tanto se les rechaza y se les condena: Zaqueo, Levi o Mateo, la mujer adúltera, María Magdalena.
Jesús cultiva la amistad como lo vemos en su gran aprecio a los hermanos Marta, María y Lázaro, en Betania y los acerca y une a su Padre Dios, pues la verdadera y auténtica amistad es la que acerca más a Dios: María a los pies de Jesús, escuchándole atentamente. En esa misma ocasión, corrige con amor y prudencia a Marta por el activismo que la pone nerviosa y tensa.
Otro rasgo destacado: corrige a los llamados «hijos del trueno» Santiago y Juan, por la petición que le hacen de tener puestos de honor en su Reino, con una gran delicadeza y sin regaño pues les pide que compartan con Él su entrega, bebiendo el cáliz de la pasión, haciéndoles comprender que su Reino no es de honores y dignidades. Igualmente, invita a los demás apóstoles a que abandonen cualquier pretensión de dominio sobre los demás y se dispongan a ser servidores de los demás, como Jesús mismo que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida.
Considero que estos pocos rasgos que acabo de nombrar nos ayudan para que cada uno, delante del Señor y en oración, nos hagamos la pregunta inicial: como Sacerdote: ¿me parezco a Jesús, el Buen Pastor?
Por lo general, me perdonan la sinceridad, nos sentimos muy halagados y contentos ese Domingo, especialmente en las Parroquias, por los homenajes y los regalos de la gente y – sin duda – lo merecemos. Sin embargo, la confrontación con la persona de Jesús y su manera de actuar, nos podrán ayudar muchísimo – a mí el primero – para darnos cuenta hasta qué punto o en qué rasgos me parezco o asemejo a Jesús.
Finalmente, los invito a que desde ya nos pongamos en la actitud de agradecer al Señor que nos llamó, sin mérito de nuestra parte, a ser Sacerdotes. No nos alcanzará la existencia para dar una cumplida y suficiente acción de gracias por un don y regalo tan grande.
A todos ustedes, señores arzobispos Hugo e Ignacio y a los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis mi felicitación y mi oración, especialmente, el próximo Domingo del Buen Pastor.

