Por: Pbro. Sebastián Ángel Saldarriaga

En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente la aparición de grupos que se presentan como iglesias independientes y que, en no pocos casos, reclaman para sí una identidad católica. Algunos intentan justificar su procedencia apelando a relatos de sucesión apostólica poco claros; otros manifiestan el deseo de ser reconocidos o acompañados por Roma. Esta realidad exige una reflexión serena y honesta, porque en la Iglesia lo primero no es la apariencia ni la autoafirmación, sino la verdad que sostiene la unidad.

La Iglesia de Jesucristo no nace de iniciativas privadas ni se configura a partir de proyectos personales. Es una realidad querida por el Señor, fundada sobre los apóstoles y sostenida en la historia por la sucesión apostólica. Como enseña el Concilio Vaticano II  en Lumen Gentium (n.8) la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Esta afirmación no niega la acción del Espíritu fuera de sus límites visibles, pero sí señala con claridad dónde permanece la plenitud de la Iglesia querida por Cristo.

La sucesión apostólica no es un concepto teórico ni una narración simbólica; es un hecho eclesial y sacramental que garantiza la continuidad del ministerio confiado por Cristo a los apóstoles. Por ello, como afirma también Lumen Gentium (n. 20), los obispos, mediante la sucesión, han recibido auténticamente la misión de enseñar, santificar y regir al Pueblo de Dios. Donde esta sucesión no existe, no puede hablarse de plenitud eclesial, aunque se adopten lenguajes, formas o estructuras propias de la Tradición católica.

Esta convicción pertenece al núcleo más antiguo de la Tradición. San Ireneo de Lyon, en Adversus Haereses (III, 3,2), recordaba que la autenticidad eclesial se reconoce en la sucesión de los obispos en las Iglesias fundadas por los apóstoles, señalando de modo particular a la Iglesia de Roma, con la cual debe concordar toda Iglesia. Para la Iglesia antigua, la comunión apostólica no era un detalle organizativo, sino el criterio objetivo de la verdad.

En la misma línea, san Cipriano de Cartago afirmaba con firmeza: “no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre” (De unitate Ecclesiae, 6). La ruptura de la comunión no es, una simple diferencia disciplinar, sino una herida al misterio mismo de la Iglesia, que es Una y está llamada a manifestar visiblemente esa unidad.

Desde esta perspectiva, resulta necesario señalar con caridad y claridad que la adopción de formas externas propias de la Iglesia Católica Romana —lenguajes litúrgicos, símbolos, estilos ministeriales e incluso la indumentaria— por parte de grupos que no viven en comunión con ella, termina generando confusión entre los fieles. Los signos visibles de la Iglesia no son accesorios; expresan una pertenencia real y una comunión efectiva. Cuando se utilizan sin compartir la realidad eclesial que significan, dejan de ser signo de unidad y se convierten en motivo de desconcierto pastoral.

A esta situación se suma un aspecto fundamental que no puede pasarse por alto: la formación. La Iglesia, fiel a la responsabilidad recibida de Cristo, ha insistido siempre en la necesidad de una preparación seria, integral y prolongada para quienes asumen el ministerio ordenado. Como recuerda la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (2016), la formación sacerdotal debe integrar armónicamente las dimensiones humana, espiritual, intelectual y pastoral, y que este proceso exige tiempo, discernimiento y acompañamiento eclesial.

La Iglesia Católica Romana no ordena ministros de un día para otro, exige años de discernimiento vocacional, estudios filosóficos y teológicos sistemáticos, vida comunitaria y maduración espiritual, porque sabe que el ministerio no se improvisa y que el servicio al Pueblo de Dios requiere solidez humana y doctrinal. Esta convicción hunde sus raíces en la Tradición más antigua. Como advertía san Jerónimo: “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo” (Commentariorum in Isaiam, prólogo), subrayando así la gravedad de un ministerio ejercido sin la debida formación. En este sentido, un ministerio asumido sin el necesario proceso formativo y sin una auténtica configuración con Cristo corre el riesgo de convertirse en una acción vacía, carente de hondura espiritual y de fidelidad al Evangelio, debilitando no solo al propio ministro, sino también a la comunidad a la que está llamado a servir.

Cuando se prescinde de este camino eclesial, cuando se asume el ministerio sin una formación filosófica, teológica y pastoral suficiente, y sin un discernimiento realizado en comunión con la Iglesia, se corre el riesgo de reducir el ministerio a una función autoasignada y la Iglesia a un proyecto personal. Esto no construye la unidad, sino que la fragmenta y debilita el testimonio cristiano.

El Concilio Vaticano II recuerda que la unidad de la Iglesia es un don que supera las fuerzas humanas, pero que exige fidelidad a la verdad recibida como ase afirma en Unitatis Redintegratio (n.2). Por ello, todo aquello que se presenta como católico y, sin embargo, vive al margen de la comunión, de la sucesión apostólica y de la formación eclesial querida por la Iglesia, no puede reclamar legítimamente la catolicidad en su sentido pleno.

Ser católico no es solo una cuestión de universalidad; es, ante todo, custodiar la unidad visible del Cuerpo de Cristo. San Ignacio de Antioquía lo expresó con una claridad que atraviesa los siglos: “donde está Jesucristo, allí está la Iglesia católica” (Ad Smyrnaeos, 8, 2). Y donde está la Iglesia, allí está la comunión apostólica que garantiza la fidelidad al Evangelio recibido.

Hablar de estas realidades no es un acto de confrontación, sino un servicio a la verdad y a la caridad pastoral. La claridad doctrinal no divide; lo que divide es la ambigüedad. Defender la identidad de la Iglesia Católica Apostólica Romana no es un gesto de exclusión, sino un acto de fidelidad a Cristo, que quiso una Iglesia una, visible y apostólica, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).